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Todos los algoritmos llevan a ti

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En Internet no existen las casualidades. No existe serendipity.

Si realizas una búsqueda en Google, los resultados serán los más relevantes para ti en función de dónde vives, los años que tengas, tu historial en la Red o tus compras online.

Si entras en Facebook, en tu feed de noticias verás actualizaciones de la gente más cercana a ti, y con la que tienes más interacción. Verás más anuncios de marcas relacionadas con tus intereses o con personajes de los que eres fan. Te llegarán sugerencias de amistad de personas con las que compartes muchos amigos, y seguramente conozcas en la vida real.

Y no es casual. La culpa es de los algoritmos.

Un algoritmo es la fórmula matemática que selecciona para ti lo más relevante, que te ayuda filtrar entre billones de contenidos lo que tú quieres o necesitas saber. En palabras de Larry Page y Sergey Brin, cofundadores de Google y creadores del famoso algoritmo PageRank, es “un método para valorar las páginas web de forma objetiva y mecánica, midiendo de forma efectiva la atención e interés humanos dirigidos hacia cada página”. Es la fórmula mágica que consigue que mi experiencia navegando sea diferente a la tuya aunque entremos en los mismos sitios.

Por si te lo estás preguntando, no, este blog no tiene algoritmo. Si entras directamente a él verás lo mismo que cualquiera. Pero si entras desde cualquier buscador, agregador de noticias, red social o lista de correo, llegarás primero al post que más tenga que ver con tus inquietudes.

Espera, volvamos atrás. Como digo, todas las redes sociales y plataformas de contenidos, desde webs de contactos a periódicos online, tienen un algoritmo que dispone lo que es más relevante para ti. Y para encontrar la relevancia, suelen valorar el interés que suscita un contenido, ya sea por las visitas que consigue, los likes, las veces que se comparte o la interacción. Y por supuesto, también por tu historial de navegación, que queda recogido en unos archivos llamados cookies que no se parecen en nada a lo que merendaba el monstruo de las galletas. La suma entre lo que le gusta a la gente y lo que te gusta a ti ayuda al algoritmo a que veas lo que quieres ver. En otro post escribiré sobre el lado malo de esto, pero ahora quiero preguntar algo…

¿Y si eso pasara en la vida real?

Piénsalo. ¿Es casual que tus amistades practiquen en mismo deporte que tú, o será que sois amigos por tener aficiones en común? ¿De entre todas las mujeres del mundo tu media naranja ha vivido siempre a dos manzanas de ti, o es que vivir en la misma comunidad os hace tener los mismos valores como pareja? ¿Es casualidad que hayas encontrado trabajo por recomendación de un amigo que, casualmente trabaja en tu mismo sector? ¿Es casualidad que tus últimas tres exnovias se parezcan entre sí? El mundo está lleno de conexiones invisibles a las que solemos llamar casualidades y que, por lo general, no nos gusta analizar sus orígenes.

Vale, pero… ¿Y qué hay de esa gente que constantemente se queja de su mala suerte? ¿Esas personas que eligen siempre a la pareja equivocada? ¿Que duran poquísimo en sus trabajos? ¿Que siempre tienen algo que hacer que les impide realizar sus sueños? ¿Su algoritmo anda equivocado?

Algo parecido debió pensar Amy Webb, una joven judía en la treintena que harta de fracasar en sus relaciones, se registró en una página de citas esperando que el algoritmo digital actuara para ella de forma más precisa que el vital. Lo que le sucedió lo cuenta ella en una charla TEDx que no debéis perdeos. Amy se da cuenta, una vez comprueba que las recomendaciones de la web de citas no se ajustan a lo que ella quiere y las citas vuelven a ser un fracaso, que en realidad el algoritmo funciona perfectamente… en base a la información que ella estaba dando.

Efectivamente, ¿cuántos de nosotros somos verdaderamente honestos cuando conocemos a una persona? ¿O en una entrevista de trabajo? ¿Cuántos de nosotros reconoceríamos en público nuestros gustos si estos no se ajustaran a la moda o la tendencia? ¿O expresaríamos una opinión aún sabiendo que somos los únicos en pensar así? Desde que nos despertamos hasta que nos volvemos a dormir, estamos constantemente enviando y recibiendo información al resto de la gente, tanto de forma verbal como no verbal. Y eso es lo que aportamos a nuestro algoritmo vital, que nos recomienda o nos empuja en direcciones siguiendo nuestros propios parámetros. Si siempre alardeas de lo bien que te va… ¿cómo va a ayudarte la gente si en realidad estás triste? Si siempre dejas que tus amigos decidan por ti, ¿cómo vas a conocer amigos que compartan tus aficiones? Si en tu currículum has exagerado lo que sabes hacer, ¿cómo esperas tener proyección y estabilidad en un trabajo?

Este es mi consejo. No rompas con tu algoritmo, sé sincero con él, mira dentro de ti y aprende a quererte tal como eres. De esta forma la vida te pondrá en primer lugar los resultados que tu quieres.

Como en Google.

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¿Cuándo te diste cuenta de que todo había cambiado?

Barcelona 2012

Quizás fue en la Universidad, cuando de repente dejaste de escribir los trabajos a mano a favor del ordenador. O cuando conectabas el messenger para organizar la quedada con tus amigos. Puede que fuera cuando dejaste de fotocopiar y distribuir tu currículum para encontrar trabajo y empezaste a enviar tu perfil de linkedIn a las empresas. A lo mejor fue cuando tiraste la libreta del banco y te uniste a la banca online, sin costes ni esperas. O cuando te mudaste y estabas más preocupado por contratar el ADSL que por ponerte un teléfono fijo. A lo mejor las primeras conversaciones con la chica de tus sueños fueron por whatsapp. Y claro, cuando rompiste con ella, la bloqueaste en Facebook. ¿Eres capaz de recordar cuándo fue la última vez que escribiste una carta a mano o compraste un disco? ¿Cuándo felicitaste a tu amigo por su cumpleaños llamándole y no a través de un mensaje de texto? ¿Recuerdas la  última noticia de alcance mundial de la que te hayas enterado directamente a través de un medio de comunicación, y no por Twitter?

No puedes, ¿verdad?

No puedes porque el mundo, tu mundo, ha cambiado. O mejor dicho, se ha rehecho. Porque seguimos haciendo las mismas cosas: reír, amar, follar, trabajar, comprar, discutir… Pero ahora las hacemos de otro modo, siempre conectados, siempre a través de una pantalla, como si alguien hubiera pulsado un enorme CONTROL+Z en nuestras vidas. ¿Y sabes hace cuánto de esto?

Hotmail, uno de los primeros servicios de correo en la web y seguramente el primero que tuviste, nació en 1997. Dos años después lo utilizaban 30 millones de personas en todo el mundo.

Windows Live Messenger fue un cliente de mensajería instantánea creado por Microsoft en 1999.

Hoy ya no existen, pero estuvieron ahí, hace escasamente una década, y nos hicieron cambiar.

En 1998 el mundo empezó a bucear por la Red con Google y olvidamos cómo era buscar un teléfono en las páginas amarillas.

En 2003 llegó Skype para hacernos la pregunta de por qué había que pagar para llamadas de voz.

En 2005 tiramos los mapas de carretera en favor de Google Maps.

Y en 2007 nos olvidamos de las teclas gracias al iPhone y  a las pantallas táctiles.

¿De cuántas cosas más nos hemos olvidado? ¿Cuántas otras cosas hemos aprendido en este camino?

Si tú también te enteraste de la detención de Muamar el Gadafi por Twitter o viste  en directo el salto desde la estratosfera de Felix Baumgartner por YouTube, sabes de lo que te hablo.

De estos cambios, y de cómo aprovecharlos, va este blog.

¿Te atreves  a pulsar CONTROL+Z?

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