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Pon una puerta a Internet

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El 10 de marzo de 1988, cuatro agentes del Grupo Especial de Operaciones (GEO) de la Policía Nacional, se presentaron en Alcorcón, subieron los siete pisos de un gris y atestado edificio de viviendas en el barrio dormitorio de Parque de Lisboa y llamaron a la puerta de mi casa con sus CETME al hombro. Yo tenía cinco años, estaba en la guardería junto con mi hermano, y mi padre estaba trabajando, así que en casa sólo estaba mi madre.  Puedo imaginar perfectamente su cara de susto  al observar por la mirilla a sus inesperados  visitantes. Los policías pidieron a mi atónita madre muy educadamente que les dejara inspeccionar la vivienda, y como no llevaban una orden judicial la presentaron una carta de la entonces delegada del Gobierno en Madrid, Ana Tutor, pidiendo colaboración ciudadana “al objeto de localizar a los terroristas de ETA que mantienen secuestrado a un ciudadano de esta comunidad”. “Antes que nada, queremos informarle”, decía la carta, “que el artículo 18 de la Constitución y los artículos 545 y siguientes de la Ley de Enjuiciamiento Criminal consagran la inviolabilidad del domicilio. No obstante, le rogamos que, si no tiene usted inconveniente, permita la entrada en su establecimiento o domicilio a los agentes que le hagan entrega de esta nota”.

Mi madre, ante tal ofensiva jurídico policial desplegada en el rellano de su casa, no pudo más que dejar entrar a los agentes, no sin antes cerrarles las puertas en las narices durante unos minutos con objeto, como así comunicó a los Cuerpos y Fuerzas del Estado, de arreglar un poco la casa. Así eran las madres de antes.

En aquella operación, llamada Parque, la policía registró 1.500 casas de alquiler de mi barrio en busca del empresario Emiliano Revilla, secuestrado por ETA el 24 de febrero y que en realidad se encontraba en un agujero excavado bajo el suelo de dos metros de largo, uno de ancho y 1,90 de alto, en una vivienda de la calle Belisana, en Madrid. Allí pasaría 249 días de cautiverio. Precisamente, por casos como el suyo, en un clima verdaderamente difícil de terrorismo, el ministro del Interior de entonces, Jose Luis Corcuera, consiguió que se aprobara su famosa Ley Orgánica 1/92 de 21 de febrero de protección de la seguridad ciudadana, también conocida como “ley de la patada en la puerta”, que permitía el acceso a domicilios privados por parte de la policía si había la sospecha de que se está cometiendo un delito. Fue tal la polémica de esta ley, incluso a pesar de que aquel año ETA asesinó a 46 personas, que fue declarada nula por el Tribunal Constitucional en su sentencia 341/1993 de 18 de noviembre de 1993.

20 años después, nadie discute la inviolabilidad de nuestro domicilio ni el derecho a la intimidad  que nos reconoce el artículo 18. Pero de nuevo, y con la excusa del terrorismo, nos han vuelto a dar una patada en la puerta. Ya no es necesario enviar policías o espiar desde la ventana de enfrente para saber qué haces en tu casa. Ahora  se pueden hacer perfiles individuales sobre tu vida con la información que compartes en las redes sociales. Existen servidores capaces de obtener la contraseña de tu correo electrónico analizando cada clave posible hasta encontrar la correcta. Existen programas que son capaces de extraer, filtrar y clasificar lo que escribes en correos electrónicos, en tus conversaciones digitales o conseguir tu historial de navegación por internet. Y todo esto se ha hecho ya. Según The New York Times,  desde 2010 la Agencia Nacional de Inteligencia (NSA) recurre a la colaboración forzosa de empresas (como Google, Facebook, Yahoo!, Microsoft, Apple) y al robo de claves para acceder a comunicaciones privadas en Internet en todo el mundo. Incluida España, donde se sospecha que millones de conversaciones telefónicas, SMS o correos electrónicos han sido interceptados con objeto de recoger metadatos. Y en la legislación española, a través de la Ley 25/2007 de conservación de datos relativos a las comunicaciones electrónicas y a las redes públicas de comunicaciones, los metadatos tienen la misma protección que el contenido mismo de las conversaciones.

Al contrario de lo que pueda parecer, todos estos descubrimientos que van publicándose en los medios a raíz de las filtraciones del ex analista de la CIA Edward Snowden no son más que el resultado de algo que ha quedado patente desde la popularización masiva de Internet: le hemos perdido el respeto a nuestra privacidad. O el miedo, lo que quieran. Pero mientras mi madre dejaba pasar con recelo hace 20 años a cuatro policías para que inspeccionaran su casa y una ley era anulada por violar nuestros derechos, hoy a nadie le importa que nos estén vigilando. Y nos debería importar, porque del rastro de dejamos en Internet se puede obtener dónde vivimos, qué hacemos, o con quién nos relacionamos. Y no sólo una agencia de espionaje puede hacerse con esa información, también empresas con fines comerciales, o grupos delictivos.

Me encanta Internet, pero quiero estar seguro mientras navego y quiero controlar quién accede a lo que comparto. Por eso, cambiar nuestras contraseñas habitualmente; no abrir correos sospechosos; borrar el historial de navegación y las cookies diariamente; no acceder a datos bancarios o información privada en wifis abiertas; no usar las plataformas de geolocalización para hacer check in dónde vives o cuándo sales o no de casa; estudiar bien las posibilidades de privacidad de las redes sociales y aceptar invitaciones de gente que conozcas personalmente; usar programas de cifrado para emails o de protección para navegadores (como Noscript en FireFox o NotScripts en Chrome), deberían ser medidas más que habituales para evitar, al menos, que la puerta resista un poquito más.

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O like o nada

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«Aut Caesar aut nihil» era el lema de Cesar Borgia, valenciano, hijo y mano armada del Papa Alejandro VI en el siglo XV. También un gran libro sobre el susodicho, que entre nosotros se las traía, de Manuel Vázquez Montalbán. O Cesar o nada. Algo así como un “sin ti no soy nada” de la época. En realidad parece que fueron los soldados de Julio Cesar, durante la guerra civil que acabaría con la República Romana, los que acuñaron la frase como grito de guerra antes de cruzar el río Rubicón y asaltar Roma. Y quince siglos después, el primer borjamari de la historia, el que inspiró a Nicolás Maquiavelo para escribir El Príncipe, se grabó en la espada la frasecita no se sabe si además queriendo expresar sus ilimitadas ambiciones.

500 años después el poder ha cambiado de manos. Los reyes piden perdón cuando van a cazar elefantes a África y los Papas twittean e incluso dimiten. Los nuevos César son más bien CEOs: Bill Gates, Steve Jobs o Eric Schmidt. Gente con una excepcional visión del futuro que se han convertido en millonarios creando los modernos rubicones por los que hay que pasar sí o sí para conquistar los nuevos mercados. Quizás el más famoso, con peli y todo, es Mark Zuckerberg, que, en 2004 y con 20 años, los mismos que tenía César Borgia cuando fue nombrado cardenal y capitán general del ejército del Vaticano, creó Facebook para que nuestra vida ya no fuera igual.

Zuckerberg decidió que la mejor forma de interactuar, y al mismo tiempo segmentar a su usuarios, en su red social fuera a través de la herramienta más sencilla y a la vez compleja que haya existido nunca en Internet: el like. Pensarlo bien. Lo que empezó siendo una forma de demostrar que un contenido te gustaba, se ha vuelto una profunda manera de manifestar gustos, opiniones, deseos y emociones. Veamos un ejemplo.

Una chica sube una foto en una playa preciosa en medio de un increíble atardecer con el siguiente texto: “Último día de vacaciones. Mañana vuelta al trabajo :(” Inmediatamente recibe una catarata de likes de sus compañeros de trabajo. Algunos porque les gusta la playa o la foto del atardecer. A otros la playa les da igual, les gusta ella, y aspiran a que se de cuenta. Otros les motiva lo que ha escrito, no porque les alegre que termine las vacaciones, sino porque se identifican con el sentimiento de tristeza de tener que volver al trabajo. Y otros, finalmente,  porque están emocionados por volver a verla al día siguiente.

De esta forma, hasta los mensajes más negativos (“No soporto los lunes”, “De resaca”, “El Gobierno está conspirando contra nosotros”, “El final de Lost es una mierda”) pueden conseguir likes sin que por ello entendamos que la gente se ha vuelto malvada y les gusta el sufrimiento ajeno. Del mismo modo, cuando “regalamos” un like a una marca, ya sea para suscribirse a su comunidad de fans o para premiar un contenido, no tiene que significar precisamente que nos gusten sus productos. A lo mejor nos interesa una promoción, queremos enterarnos de alguna novedad o puede que estemos sólo para criticar.

Sea como sea… ¿a quién no le gusta un like? Y más a las marcas, porque es una forma simple de evaluar si tu contenido, tu producto o tu marca genera interés. Por eso, para atravesar el Rubicón del Social Media, los directores de marketing advierten a sus agencias digitales: o like o nada. Porque lo cierto es que a más like, más engagement con los usuarios, más relevancia para los buscadores y más se viraliza el contenido.

Ese es el poder del like.

Y con el resto de redes sociales igual: pinear, +1, favorito… llámalo como quieras. El caso es conseguirlo, aunque como descubrió César Borgia, acostumbrado a comprar lealtades, el dinero no es una buena estrategia a largo plazo. Da igual cuántos influencers puedas comprar, si tu mensaje es pobre, si tu contenido es malo, tus fans acabarán “traicionándote” con la competencia. Porque un buen anuncio puede convencer, pero una buena historia puede enamorar.

La historia de César Borgia terminó la madrugada del 12 de marzo de 1507, asesinado en una emboscada a traición sin haber cumplido los 32 años ni cobrar royalties por la película. De CEO le hubiera ido mejor.

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Todos los algoritmos llevan a ti

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En Internet no existen las casualidades. No existe serendipity.

Si realizas una búsqueda en Google, los resultados serán los más relevantes para ti en función de dónde vives, los años que tengas, tu historial en la Red o tus compras online.

Si entras en Facebook, en tu feed de noticias verás actualizaciones de la gente más cercana a ti, y con la que tienes más interacción. Verás más anuncios de marcas relacionadas con tus intereses o con personajes de los que eres fan. Te llegarán sugerencias de amistad de personas con las que compartes muchos amigos, y seguramente conozcas en la vida real.

Y no es casual. La culpa es de los algoritmos.

Un algoritmo es la fórmula matemática que selecciona para ti lo más relevante, que te ayuda filtrar entre billones de contenidos lo que tú quieres o necesitas saber. En palabras de Larry Page y Sergey Brin, cofundadores de Google y creadores del famoso algoritmo PageRank, es “un método para valorar las páginas web de forma objetiva y mecánica, midiendo de forma efectiva la atención e interés humanos dirigidos hacia cada página”. Es la fórmula mágica que consigue que mi experiencia navegando sea diferente a la tuya aunque entremos en los mismos sitios.

Por si te lo estás preguntando, no, este blog no tiene algoritmo. Si entras directamente a él verás lo mismo que cualquiera. Pero si entras desde cualquier buscador, agregador de noticias, red social o lista de correo, llegarás primero al post que más tenga que ver con tus inquietudes.

Espera, volvamos atrás. Como digo, todas las redes sociales y plataformas de contenidos, desde webs de contactos a periódicos online, tienen un algoritmo que dispone lo que es más relevante para ti. Y para encontrar la relevancia, suelen valorar el interés que suscita un contenido, ya sea por las visitas que consigue, los likes, las veces que se comparte o la interacción. Y por supuesto, también por tu historial de navegación, que queda recogido en unos archivos llamados cookies que no se parecen en nada a lo que merendaba el monstruo de las galletas. La suma entre lo que le gusta a la gente y lo que te gusta a ti ayuda al algoritmo a que veas lo que quieres ver. En otro post escribiré sobre el lado malo de esto, pero ahora quiero preguntar algo…

¿Y si eso pasara en la vida real?

Piénsalo. ¿Es casual que tus amistades practiquen en mismo deporte que tú, o será que sois amigos por tener aficiones en común? ¿De entre todas las mujeres del mundo tu media naranja ha vivido siempre a dos manzanas de ti, o es que vivir en la misma comunidad os hace tener los mismos valores como pareja? ¿Es casualidad que hayas encontrado trabajo por recomendación de un amigo que, casualmente trabaja en tu mismo sector? ¿Es casualidad que tus últimas tres exnovias se parezcan entre sí? El mundo está lleno de conexiones invisibles a las que solemos llamar casualidades y que, por lo general, no nos gusta analizar sus orígenes.

Vale, pero… ¿Y qué hay de esa gente que constantemente se queja de su mala suerte? ¿Esas personas que eligen siempre a la pareja equivocada? ¿Que duran poquísimo en sus trabajos? ¿Que siempre tienen algo que hacer que les impide realizar sus sueños? ¿Su algoritmo anda equivocado?

Algo parecido debió pensar Amy Webb, una joven judía en la treintena que harta de fracasar en sus relaciones, se registró en una página de citas esperando que el algoritmo digital actuara para ella de forma más precisa que el vital. Lo que le sucedió lo cuenta ella en una charla TEDx que no debéis perdeos. Amy se da cuenta, una vez comprueba que las recomendaciones de la web de citas no se ajustan a lo que ella quiere y las citas vuelven a ser un fracaso, que en realidad el algoritmo funciona perfectamente… en base a la información que ella estaba dando.

Efectivamente, ¿cuántos de nosotros somos verdaderamente honestos cuando conocemos a una persona? ¿O en una entrevista de trabajo? ¿Cuántos de nosotros reconoceríamos en público nuestros gustos si estos no se ajustaran a la moda o la tendencia? ¿O expresaríamos una opinión aún sabiendo que somos los únicos en pensar así? Desde que nos despertamos hasta que nos volvemos a dormir, estamos constantemente enviando y recibiendo información al resto de la gente, tanto de forma verbal como no verbal. Y eso es lo que aportamos a nuestro algoritmo vital, que nos recomienda o nos empuja en direcciones siguiendo nuestros propios parámetros. Si siempre alardeas de lo bien que te va… ¿cómo va a ayudarte la gente si en realidad estás triste? Si siempre dejas que tus amigos decidan por ti, ¿cómo vas a conocer amigos que compartan tus aficiones? Si en tu currículum has exagerado lo que sabes hacer, ¿cómo esperas tener proyección y estabilidad en un trabajo?

Este es mi consejo. No rompas con tu algoritmo, sé sincero con él, mira dentro de ti y aprende a quererte tal como eres. De esta forma la vida te pondrá en primer lugar los resultados que tu quieres.

Como en Google.

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