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El infierno somos todos

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Decía Nicholas Carr en su blog, coincidiendo con el usuario mil millones de Facebook hace un año, que si el cielo se caracterizaba por la ausencia de eventos y la no existencia de noticias, como cantaba David Byrne, el infierno debía ser exactamente lo contrario, el lugar donde siempre está pasando algo. Y concluía que, por consiguiente, “la gran empresa de nuestro tiempo era la construcción del infierno en la Tierra”.

Estamos rodeados de ruido que nos llega a través de pantallas: el ordenador, la tablet, las redes sociales, el móvil, la televisión… ¿Cuándo fue la última vez que estuviste leyendo un libro durante una hora o dos sin ser interrumpido, por ejemplo, por un whatsapp? Y no sólo nos llegan sino que nos hemos acostumbrado a recoger toda esa información diaria y asimilarla, de tal forma que nos han hecho dependientes de la información instantánea. Una dependencia que algunos llama FOMO (fear of missing out), o miedo a perderse algo. Tenemos tantas opciones y estamos tan conectados que nuestras expectativas aumentan al mismo ritmo que nuestra frustración por no llegar a hacer todo lo que vemos que hace nuestro círculo de amigos.

En definitiva, menos capacidad de concentración, más sentimiento de culpa y una idealización de la vida de los demás sin ningún fundamento. Sí, podría ser un infierno bastante bueno. Reconozco que a mí me ha pasado. Antes solía leer todas las noches y devoraba libros con más facilidad. Ahora en cuanto se cruza una conversación por whatsapp o miro el correo se me pasa el tiempo irremediablemente. Si estoy en casa o en el trabajo y abro facebook, me encuentro con una cantidad de fotos geniales subidas por amigos a los que nunca se les ve pasándolo mal y tienen planes en sitios estupendos. Y me siento estúpido, claro. Sin hablar de esa sensación de tener que compartirlo todo, que a veces te impide disfrutar del momento.

Pero, como en todo, hay que saber contextualizar. Los avances tecnológicos suelen implicar cambios en nuestra forma de pensar. Antes de inventarse el reloj, la percepción del tiempo era muy diferente, por ejemplo. Supongo que cuando aparecieron los relojes de mano, muchos tendrían la impresión de estar perdiendo el tiempo al ver cómo pasaban las manijas inexorablemente. Mirarían constantemente a su muñeca y se estresarían. Pero creo que hoy nadie duda en lo útil que es medir el tiempo y tampoco nos resulta difícil vivir sin reloj. O al menos no nos crea ansiedad.

Manfred Spitzer dice en Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011) que “algunos estudios demuestran que el cerebro crece justo allí donde se utiliza. Y el enunciado al revés es también válido”. Es decir, Internet nos está potenciando ciertas habilidades que antes no trabajábamos, como la multitarea, por ejemplo. También consigue que seamos la generación más informada y que más lee de la historia. Vale, otra cosa es la calidad de lo leído. Como diría Juan Torres “leer es un verbo transitivo: contra lo que muchos se empeñan en hacernos creer, la lectura en sí misma no proporciona sabiduría. Si así fuera, el millón largo de lectores diarios del Marca serían candidatos al Nobel”. Pero ahí queda.

De igual forma hemos dejado de entrenar otros aspectos, como la capacidad de atención, la contemplación… Precisamente por eso técnicas como el reiki o el yoga están tan demandadas hoy en día. Falta un consenso de cuándo deberían los niños empezar a usar esta tecnología, cómo optimizarla para ser más productivos o cómo separar el ruido de lo realmente interesante. Pero el salto adelante que hemos conseguido en materias de conocimiento, trasparencia y proyección de nuestras aptitudes es innegable. Además, tenemos más consciencia de lo que es nuestra vida, aunque sólo sea por el tiempo que dedicamos a maquillarla en Internet para que parezca mucho mejor. Yo creo que, algún día, las redes sociales servirán también comunicar lo realmente crucial, aunque sea malo, sabremos encontrar un equilibrio en las comunicaciones, y crearemos formas de entrenar la concentración y la atención.

No olvidéis que el infierno está lleno de buenas intenciones y el cielo de buenas obras.

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Think Halloween

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Siempre que llega Halloween me asombro de la capacidad anglosajona de hacer de una de sus tradiciones un negocio a gran escala. Da igual que sea una fiesta de origen celta, cristianizada en el siglo VIII por el Día de todos los Santos y extendida por Estados Unidos con los primeros inmigrantes irlandeses, que ellos conseguirán que lo celebren niños y adultos desde España hasta Japón, pasando por Afganistán y Siberia.

Y he llegado a la conclusión de que esto pasa porque los anglosajones, para los negocios, siempre han tenido una convicción que  han llevado a todos los lugares del planeta: todo se puede copiar. Cada tradición, cada estilo, cada comida, cada moda, cada deporte, cada suceso histórico… todo lo local puede adaptarse y copiarse infinitas veces y en cualquier lugar del mundo para dar dinero. De ahí que sea más chic, y no más guay, ir a comprar a PortoBello que al Rastro. Que estudiemos un MBA en un Starbucks en vez una maestría en una cafetería. Que nos volvamos expertos en cupcakes y olvidemos a la magdalena de toda la vida. Que tomemos más BigMacs al año que tortilla de patatas. Joder, si hasta de lo malo consiguen hacer negocio: la mafia, el exterminio de los indios, Justin Beaber… Estoy seguro que hay más gente que conoce a los hermanos Dalton que al Empecinado, a Lincoln que a Canovas del Castillo.

Y esto pasa aquí y en todas partes del mundo. En China se vuelven locos con el baloncesto de la NBA. El beísbol es el deporte nacional japonés. El mundo se para cuando se va a elegir un presidente de los Estados Unidos o si nace el heredero de la corona británica. Eso es porque son las principales potencias mundiales, diréis. Bueno, sí y no, porque China es el país de mayor crecimiento mundial y no hay huevos a decir quién es su presidente. Japón es la tercera economía a nivel mundial y su emperador no sale en el Hola! todas las semanas. La capacidad para copiar y pegar su cultura en los lugares más insospechados es realmente asombrosa. Por eso Internet es la obra de arte, el súmmun del pensamiento anglosajón. Como dice Kevin Kelly, fundador de Wired, en su célebre Better than Free: “Internet es una máquina de copiar. En su nivel más básico, copia cada acción, cada carácter, cada pensamiento qué hacemos mientras navegamos. Para mandar un mensaje de una esquina de Internet a la otra, los protocolos de comunicación exigen que todo mensaje sea copiado durante el camino varias veces. (…) Cada bit de datos que se produce en cualquier ordenador es copiado en algún sitio. La economía digital fluye sobre un río de copias”.

Efectivamente, el mundo flota en un río de copias muy bien hechas, hay que reconocerlo. Copias que no necesariamente se ajustan a la realidad, pero qué le vamos a hacer. Es business. (Al respecto, tengo que recomendar un artículo de Perez Reverte sobre la batalla de Navas de Tolosa y la incapacidad española de aprovechar nuestro legado). Y en este negocio hay que preguntarse, ¿por qué compramos la copia? ¿Por qué nuestros Reyes Magos de toda la vida pierden terreno frente a Santa Claus? De nuevo volvamos a Internet para vez cómo el argumentario del e-commerce responde perfectamente a esta pregunta:

Oportunidad: no es vender cualquier cosa, es venderlo en el sitio y momento adecuado. Al igual que cuando compramos medios para que nuestros banners sean vistos por nuestros consumidores o establecemos palabras clave en los ads para llegar a nuestros nichos de mercado, los anglosajones saben vender miedo cuando hay miedo (extraterrestres en los comienzos de la guerra fría, por ejemplo) o amor cuando nos falta amor (ya hablaremos de esto cuando llegue San Valentín).

Contenido: desde siempre, han apoyado sus argumentos de venta con contenido: películas, teatro, música, televisión… Halloween empezó a celebrarse en el mundo entero en los 70 gracias a la película de John Carpenter. Somos expertos en zombies por The Walking Dead. Del mismo modo, cualquier campaña exitosa en Internet debe proveerse de contenido que sirva para establecer los valores de nuestro producto mientras el usuario se entretiene.

Interpretación: o, dicho de otro modo, que cada uno le ponga los monstruos que quiera a Halloween. En México, por ejemplo, se superpone con el Día de los Muertos (2 de noviembre) y en vez de calabazas ponen calaveras. En Hong Kong se celebra el festival de los fantasmas hambrientos y se quema fruta. En Rumania el héroe es su monstruo local, Drácula, que ha pasado de morder cuellos a pedir caramelos por las casas. Hasta la Iglesia, enemiga de esta fiesta pagana, ha creado el Holywins (“su Santidad vence”) para que la Familia Monster también vaya a misa. El caso es que lo reconozcamos como propio. Del mismo modo, nuestra navegación por Internet es cada vez más personalizada gracias a las cookies y los algoritmos, y debemos aprovechar la información que proporciona un usuario al navegar y registrarse para dar un mejor servicio.

Early adopter: en España, Halloween empezó a celebrarse como una fiesta infantil organizada en los colegios y ahora hasta los adultos salen disfrazados a fiestas en discotecas o eventos culturales. Claro, esos niños fueron los primeros innovadores y cuando crecieron siguieron celebrando la fiesta de forma natural. Se convirtieron en prescriptores. Lo mismo pasó en Internet. Si hubiera sido por la generación que lo inventó, nunca hubiese salido de un experimento universitario. Pero gracias a generaciones más jóvenes, con menos prejuicios y más adaptadas, su uso se extendió y asimiló mundialmente en poco más de 30 años. Ahora llegamos a hablar incluso de nativos digitales. Encontrar a esos early adopter es fundamental para que tu web o tu producto se comparta, se venda y se convierta en un hábito.

Y ahora, les dejo que disfruten de Halloween… si pueden…

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No eres tú, soy yo.

Visto y no visto

Este es un mensaje dedicado a los editores de periódicos, a las agencias de viajes minoristas, a las productoras musicales, a las tiendas al alquiler de DVD, a las cadenas de televisión, a las salas de cine…

No eres tú, soy yo.

En serio. No te lo tomes a mal. Añoro el tacto y el olor del papel mientras repaso las noticias, pero… ¿de qué me sirve saber lo que ha pasado AYER si puedo enterarme de lo que sucede en el mundo en tiempo real? Y no es que tu periódico sea malo. Seguramente imprimas en el mejor papel y tengas en plantilla a los periodistas más preparados de la historia. Pero ya no soy el lector de antes, ya no sé conformarme con una sola visión de la realidad, quiero confrontar lo que dices, leerlo en otros sitios, dar mi punto de vista. Quiero tener la opción de crearme alarmas con las noticias que más me interesan a mí, como hace Google News, y luego compartirlas en Digg o Menéame. Ya no me vale el periódico.

Y sí, reconozco que antes no decía lo mismo. Cuando quería hacer un viaje, acudía a ti, a tu local lleno de fotografías con destinos exóticos y pagaba un poco más por ese billete de avión con tal de que tú me lo dieses en un sobre adornado con tus iniciales. Pero ahora puedo buscar yo el precio más barato en edreams o Skyscanner, y pagar la mitad. Y vale, la pantalla no me regala la sonrisa de tu amable empleada pero ya no me apetece desplazarme simplemente para pedir presupuestos cuando tengo todas las ofertas a un click de distancia.

No quiero que pienses que te engaño. Es verdad que antes no me preocupaba gastarme 20 euros en un CD de 10 canciones de las que sólo me gustaba un par. Y sigo queriendo pagar por la música, pero sólo por la canción que me gusta. Y quiero además que pueda reproducirse en todos los dispositivos que tengo para poder oírla mientras voy en el metro, mientras corro, mientras trabajo o en el coche. Sí, me he vuelto más exigente, pero también escucho más música que nunca gracias a Spotify, last.fm o SoundCloud, y eso hace que conozca a más artistas e invierta más en ir a conciertos. Claro que de eso se beneficia el artista, que recibe más dinero por su trabajo que antes, ¿no?

Oye, que no lo digo por discutir, pero no creo que te cuente nada que no sepas. Mira los videoclubs. ¿Te acuerdas de Blockbuster? Era la cadena de alquiler de películas y videojuegos más grande del mundo, con más de cuatro mil tiendas sólo en Estados Unidos. En 2010 quebró después de una lenta agonía cuando ya sólo contaba con escasamente 500 tiendas, incapaz de competir con las empresas de venta de películas y series por streaming como Netflix.

Y es que si pagando una cuota semanal puedo ver los programas y películas que más me gustan y a la hora que quiera, sin tener que aguantar esas odiosas interrupciones de los anuncios… ¿por qué voy a tener que conformarme con la televisión? ¿Por qué voy a conformarme con dominar el mando a distancia si puedo dominar el tiempo y la calidad de lo que veo?

Lo sabía. Sabía que ibas a apelar a la nostalgia. A la magia de ir al cine con una chica, invitarla a palomitas y cogerla de la mano mientras vemos la película. A la magia de ver Los Simpson en familia, cenando pizza en el salón de casa con el pequeño Bobby tirado en el sofá junto a nuestro Golden color canela.  Pues te voy a decir un secreto. El precio del cine ha subido un 48% en los últimos cinco años. Lo que antes era un entretenimiento ahora es un lujo que vale de media 7,08 euros la entrada. Si además le sumas las palomitas el resultado es que nunca tendré dinero para irme a vivir con esa chica, y mucho menos para tener al pequeño Bobby o alimentar a ese cabrón de Golden que me ensucia siempre el sofá cuando se sube. Ya no te cuento lo de pedir una pizza, que además me sale más barata si la encargo por Internet.

Sé que es una putada, pero lo cierto es que tengo más acceso a información, cultura y entretenimiento por Internet que a través de vosotros, los antiguos intermediarios. Si me quedara con vosotros sabría menos de lo que pasa en el mundo, viajaría una vez al año, escucharía menos música y vería menos cine y series que nunca. Sería, por tanto, más inculto.

Y yo no quiero eso para mí.

No te hagas sangre. No eres tú, soy yo.

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Cinco cosas que necesito decirte…

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No quiero presionarte, ni tampoco que te agobies, pero… ¿has visto lo rápido que va el mundo hoy? Cada día hay nuevas profesiones, nuevos términos, nuevos descubrimientos, nuevas modas… en definitiva nuevo conocimiento aparece, difunde, muta e incluso se queda obsoleto en un abrir y cerrar de ojos. Muchas veces no nos da tiempo a asimilar los nuevos conceptos ni a aplicar las nuevas ideas. Vivimos rodeados de demasiado ruido, como un radioyente que no puede permitirse el lujo de pensar en la última estrofa de la canción que acaba de oír si no quiere perderse la siguiente. Pero que no haya tecla de pausa no puede ser una excusa para quedarnos quietos o bailar sin sentido. Internet nos ofrece, por primera vez en la historia, ser protagonistas. Sí, protagonistas, no usuarios, no consumidores, no simples números en una estadística. Protagonistas en la creación, conexión, selección, conversación y difusión de lo que queremos hacer, conocer, ver, oír y sentir cada minuto de nuestras vidas. De eso se trata Internet. De poder elegir. Y esos cinco verbos son el eje fundamental de las nuevas reglas de juego que Internet y su filosofía están imponiendo en el mundo.

¿Trabajas en comunicación, marketing, publicidad, turismo o desarrollo de productos? Esto te interesa.

¿Trabajas de comercial, tienes una tienda o simplemente repartes hamburguesas en un fast food? Esto te interesa.

¿Eres funcionario, o emprendedor, o asalariado o todo a la vez? Esto te interesa.

Porque cuanto antes asumas el cambio, mejor. Este es mi consejo:

Crea. Cada minuto se suben 100 horas de video a YouTube. Cada día se hacen 40 millones de fotos con Instagram. Cada 3 días se producen más de mil millones de tweets. ¿Por qué conformarse con entrar al museo y observar los cuadros si puedes pintar el tuyo y ponerlo en la pared? Trabajes en lo que trabajes, te guste lo que te guste, seguro que hay gente interesada en lo que haces. Y cuánto más crees, más afianzaras tu personalidad, tu lenguaje, tu estilo… en otras palabras: más te conocerás a ti mismo y serás capaz de proyectar una imagen solida hacia los demás.

Conecta. Vivíamos en una sociedad de conocimiento aislado, que nos obligaba a dar por bueno lo más cercano, lo más accesible a nosotros, pero no necesariamente lo mejor o lo más veraz. De este modo, era muy fácil creer que nuestro periódico era el que decía la verdad, que nuestro mecánico era el más barato de toda España o que el bar de la esquina preparaba el auténtico mojito de Cuba. Pero llegó Internet con el arma más poderosa que se haya inventado: los links. Y el conocimiento empezó a conectar. ¿No sabes de algo? No te lo inventes, búscalo y linkalo. Y esas conexiones te llevarán a nuevo conocimiento, nuevas formas de hacer las cosas y, quién sabe, al trabajo de tu vida. Y no sólo conecta el conocimiento, también las personas. Sigue a tus compañeros de universidad, de trabajo, a las personas que más te inspiren o de las que quieras aprender algo. La posibilidad está ahí, simplemente tienes que conectar.

Selecciona. En el mundo del marketing existe un término para definir el trabajo de filtrar toda la información que nos llega y seleccionar sólo la más relevante para nosotros. Se llama “content curation” o curación de contenido. Y creo que es un proceso fundamental que debes aprender y aplicar en tu vida  si no quieres ahogarte entre tantas opciones. Selecciona lo que más te interese, lo que más te valga o lo que más feliz te haga y filtra el resto. Pero ¡ojo! No pongas un filtro demasiado fuerte porque corres el riesgo de perderte información que puede serte útil o que necesitas saber. Lo que Eli Pariser llama el filtro Bubble. Tanto si se trata de las noticias, del trabajo, de tu pareja o de tus hijos, quédate siempre lo mejor sin poner vendas a lo malo.

Conversa. Las redes sociales, los blogs, los chats, los foros o los servicios de mensajería instantánea son esencialmente herramientas de conversación. Y esto significa que se acabaron los mensajes unidireccionales. Si no te gusta algo, puedes decirlo. Si quieres preguntar algo, puedes hacerlo. Pero al igual que esperas ser escuchado, ten en cuenta que hay otros que tendrán opiniones diferentes y querrán exponerlas. ¿No es eso el fundamento de una democracia? Tan importante y sano como crear es mantener los oídos abiertos. Así que si un cliente critica tu negocio, o un consumidor no le gusta tu producto, aprovecha y conversa con él. Quizás tenga razón y puedas mejorar. O quizás esté equivocado y puedas hacérselo ver. Hace muy poco una mujer renunció a su trabajo a través un video en YouTube (consiguiendo más de 13 millones de visualizaciones) y su jefe la contestó, con mucho humor, con otro video. Y no pasa nada.

Comparte. Si hay una opción por antonomasia en cualquier aplicación, servicio o red social es la de “compartir”. Internet nos enseña la utilidad de salir del anonimato y compartir lo mejor de nosotros mismos. Y no sólo lo nuestro, sino lo más interesante, lo más significativo, lo que encontremos de más valor para nosotros y para los demás. ¿Y si aplicásemos esto a nuestras vidas? ¿Y si, nada más terminar de ver una película, se la recomendaras a esa persona que sabes que le iba a encantar? ¿Y si compartieras esa oportunidad de trabajo en tu empresa con ese amigo de un amigo de tu primo que conociste una vez pero que sabes que seria genial para el puesto? ¿Y si eso mismo lo hicieran contigo? Comparte. Abrirás nuevas ventanas y serás recompensado con aire fresco.

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