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Nuestro tren…

No sé la de horas de mi vida que habré pasado en un Cercanías. Ya con 15 años lo cogía para escaparme al centro a comprar comics. Al terminar el instituto, me llevó a Cantoblanco a realizar los exámenes de Selectividad. El largo verano de 2001, con 18 años, lo pasé viajando hasta Principe Pío para trabajar en el Parque de Atracciones. En sus vagones leí innumerables libros, y estudié más de un examen, durante los cinco años de Universidad en los que diariamente viajaba de Tres Cantos a Nuevos Ministerios. Y sobre todo, siempre supe que para ir a ver a mi abuela tenía que ir hasta Atocha, al final de mi línea.

Para los que no soláis coger un tren, os diré que se convierte en algo inherente a tu vida. Cuando tienes que usar un tren todos los días para desplazarte, adaptas toda tu rutina a su horario e intentas maximizar tu tiempo allí: llegas justo cuando viene, te subes siempre a la misma hora, con más o menos la misma gente a la que ves todos los días aunque nunca os digáis nada. Lees, escuchas música, estudias… pero nada es aleatorio. Sabes el tiempo que tienes, media hora, tres cuartos, y dejas tareas pendientes para aprovechar ese tiempo. Todo está calculado al segundo, porque si te retrasas un minuto quizás pierdas tu tren, quizás tengas que esperar media hora al siguiente y al final llegues a casa una hora más tarde de lo previsto. El tren se convierte en “mi” tren.

Y de repente, un 11 de marzo de 2004, algo saltó por los aires.

De aquel día recuerdo las llamadas de nuestros familiares de fuera de Madrid, de las líneas colapsadas, de la frustración de pensar que mi abuela vivía a pocas calles de allí. De pensar que podría haber sido ella, o mi madre, o mi hermano o cualquiera quien hubiera estado aquel día allí.

Algunos días después volví a coger el tren. Y sentí miedo. Todo el mundo tenía miedo. Desde Tres Cantos soldados con metralletas del Goloso estuvieron paseando por los vagones durante meses. Las noticias sobre mochilas bomba y explosiones coordinadas me hacían ver aquellos vagones de forma totalmente diferente. Pensar que alguien puede traer tanto odio y dolor desde tan lejos. Pensar que tu vida podía depender de una simple coincidencia de horarios…

Tardé un mes en volver a Atocha, pero tenía que verlo. Todo parecía normal, pero nada era normal. La gente salía aliviada de los vagones, sin mirar a los lados. En el aire flotaba una tristeza que te encogía el alma. Y en el vestíbulo, las velas… cientos de velas, mensajes, oraciones… Era imposible pasar por allí sin echarse a llorar. Nos habían quitado tanto…

Aquel día saque esta foto. No podemos olvidar el 11M. Por ellos y por nosotros. No podemos dejar que nadie nos arrebate lo que es nuestro. Y no hablo de política, de guerras, de terrorismo…

Hablo de coger un puto tren todos los días.

11m

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