Donde la inspiración te lleve…

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Decía Picasso que “la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”. Muchos escritores confiesan que tienen unos hábitos de trabajo espartanos, muy parecidos a los de un trabajador cualquiera: se sientan en la silla a las 9 y se levantan a las 7, obligándose a escribir sí o sí durante ese periodo. La verdad es que nunca me lo he creído. Cuando se trata de escribir, encontrarte frente a una hoja blanca justo cuando tienes una gran idea ayuda a que no se te olvide, pero nada más. Obligarte a escribir es la mejor forma de que acabes odiando la escritura, para parir algo mediocre. Y lo mismo sirve para el resto de artes, o para los negocios. La inspiración es caprichosa y desordenada, y para servirte de ella debes jugar con sus propias reglas.

Regla nº1: Sé tu propia inspiración.

Toda obra creativa, desde un edificio a una empresa, pasando por un libro o una escultura, refleja gran parte de tu vida, de lo que eres. Por tanto, ser bueno, ser honesto y ser auténtico van a ayudar a tu inspiración a ser mejor. También ser un poco egoísta. Vamos a reconocerlo. Casi todos los grandes creadores de la historia han sido unos egoístas de mierda. Eso es así. Gente tan convencida de que lo que eran y pensaban era genial. Y por eso nunca iban en contra de lo que, en esencia, inspiraban. Quevedo era tan altanero como sus versos y hacía daño tanto con su espada como con sus rimas. Lennon se tomo tan en serio lo del “all you need is love” que dejó The Beatles por Yoko Ono. Sé auténtico y encontrarás la verdadera inspiración que necesitas, o sé un falso y sólo crearas amargura por vivir bajo una máscara.

Regla nº2: Sé sociable.

Estar encerrado en una habitación diez horas al día no va a ayudarte a crear una obra maestra. Aunque pocos lo reconozcan, las grandes ideas son fruto de la aportación de muchas personas que, en un momento dado, la inspiración une para ti. Steve Jobs imaginó Apple gracias a que Steve Wozniak inventó el ordenador personal. Stallone escribió el guión de Rocky después de presenciar un combate entre Muhammad Ali y Chuck Wepner. No se trata de conseguir muchos amigos, se trata de recibir muchas influencias. Y para eso hay que leer, ir al cine, ver arte, viajar… sociabilizarse con la obra de aquellos que ya han hecho grandes cosas o las están haciendo, recoger su legado y transformarlo.

Regla nº3: equivócate.

Antes que escribir, crear o inventar, es necesario vivir. Y la vida es, fundamentalmente, un viaje a ninguna parte donde aprendemos a conocernos mejor y a conformar criterios propios. Y en ese viaje, equivocarse es fundamental, al igual que lo es en el proceso de crear. Equivocarse implica que te has atrevido con algo, que has dado el primer paso. Luego vendrá corregirlo, perfeccionarlo, hacerlo mejor mientras te haces mejor (ver regla número 1).

Regla nº4: desordénate.

En muchas empresas tecnológicas, sueles ver a los ingenieros trabajar en cualquier lugar con su portátil. Muchos escritores escondidos tras montañas de libros. Esta regla no va gustar a la gente con la que vivas, pero es necesario moverse en busca de estímulos, es necesario crear tu propio espacio para desordenarlo, es necesario tener un horario para  romperlo constantemente. Porque así surgen las grandes ideas, después de pasar por la batidora todo lo que teníamos establecido en la cabeza. La inspiración no entiende de fichar, ni mide la productividad en horas. Arriésgate a bajar a esa cafetería y escribir en una libreta. Prepárate para que las mejores ideas se te ocurran mientras viajas en metro o te duchas. Así, cuando te venga la inspiración, te pillará trabajando, como diría Picasso.

Regla nº5: olvídate de estas reglas.

La inspiración no se puede circunscribir a unas reglas. Se puede ser creativo haciendo una foto familiar, poniendo la mesa o cortándole el pelo al gato. Simplemente es tener la ambición de querer expresar lo que eres en cada cosa que hagas. De esta forma, verás que tú mismo vas convirtiéndote en aquello que deseas ver a tu alrededor.

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Retorno al planeta de los banners

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Dice The New York Times que Google esta testando la posibilidad de colocar banners en sus páginas de búsqueda. La verdad es que he tenido que leerlo dos veces para creerlo. Y sí, este post va de monos y helados, aunque también tengas que leerlo dos veces para darte cuenta.

Como muchos que empezaron como yo en publicidad digital, uno de mis primeros cometidos fue hacer copys para banners. Sí, esos rectangulares y molestos recuadros con publicidad que lo mismo te saltan a toda pantalla, que te ponen música, que reproducen una animación si pasas el ratón y que, invariablemente, basan toda su existencia en repetir, una y otra vez, su más o menos elaborado mensaje, con tal de que tú, atraído cual avispa al polen, hagas click en él esperando encontrar al otro lado la Tierra del Producto Prometido.

Solía hacer copys para una marca de productos lacteos, pero sin conocer la campaña de medios, es decir, dónde se iba a mostrar ese banner. Y de esa etapa saqué varias conclusiones sobre esta herramienta de publicidad display:

1. No es educada. Suele aparecer donde menos te los esperas, muchas veces molestando e impidiendo que puedas acceder a la información que realmente has ido a buscar.

2. No es bonita. Da igual lo bien diseñado que esté el banner, que nunca se va a ajustar a la línea gráfica del sitio donde aparece, que puede ser desde una página web al messenger. Por tanto, es una elemento que, de primeras, es extraño.

3. No funciona. Llevamos casi 20 años viendo banners en las webs, desde que en 1994 apareciera el primero en Hotwired, y yo ni recuerdo la última vez que hice click en uno. Además, se suele pagar por impresión (número de veces que aparece le aparece a un usuario), calculando el coste por mil (CPM o CPM en inglés), aunque una impresión no te asegura un click y ni siquiera que hayas prestado atención al anuncio. Y aún así, los anunciantes pagan bien contentos su ineficacia, ya que se está considerando aceptable un CTR (click through ratio) de entre un 0,1% y un 1%.

Vamos, que es como darle un helado a un mono. Puede ignorarlo, puede comérselo, puede plantárselo en la cabeza o puede morderte mientras se lo das. Y quizás a ti te resulta interesante o divertido descubrirlo, pero en lo que respecta al mono, lo que realmente quiere que le des es un maldito plátano, que aunque no sea tan vistoso, ni mancha ni engorda.

Y hay una cosa más. Mientras que si en la tele nos ponen 15 minutos de anuncios entre nuestra serie preferida nos enfadamos con la cadena, o maldecimos Spotify por sus irritantes anuncios cada dos canciones, con los banners quien sale mal parado es el anunciante, no el mensajero. Por extraño que parezca, en cuanto veo por millonésima vez un banner en una web empiezo a pensar que nunca compraría ese producto ni aunque me pagaran por ello. Pero siempre vuelvo a la web en cuestión.

O como diría el mono: estoy del helado hasta el gorro.

Creo que alguien en Google llegó a las mismas conclusiones que yo cuando diseñaron sus Adwords para que aparecieran enlaces patrocinados al lado de los resultados de las búsquedas. Por un lado, sólo no hay imágenes ni animaciones, y las palabras respetan la tipografía y diseño del buscador. No hay estridencias, y están relacionadas con la búsqueda que estoy haciendo, por lo que tienen sentido. Además, el anunciante paga por click, y no por impresiones. Fue tan novedoso su sistema, que dejó en jaque a las agencias de medios, ya que cualquiera podía hacer un anuncio y sólo tenía que pagar si realmente el usuario le interesaba el producto. En 2005, la entonces vicepresidenta de Productos de búsqueda y experiencia de usuario de Google, Marissa Mayer (ahora CEO de Yahoo!, por cierto) dijo en el blog oficial de la compañía que nunca habría banners en la página principal de Google ni en la de resultados de búsqueda. “There will not be crazy, flashy, graphical doodads flying and popping up all over the Google site. Ever.”

¿Entonces? ¿Realmente Google dará un paso atrás? Espero que no. Con la saturación de mensajes publicitarios que recibimos nada más conectarnos a la Red, creo que el futuro de la publicidad display pasará por la interacción con el usuario y con la integración en nuestra navegación. Deberá situarse en entornos muy concretos y estar enfocada a nichos muy definidos. Los planners deberán hacer una estrategia de medios mucho más selectiva y con muchas más variables que el tráfico o las impresiones. Y los anunciantes deberán fraccionar mucho más su presupuesto para alcanzar a cada nicho de forma personalizada.

Mientras que no sea así, el anunciante seguirá desperdiciando helado y el mono seguirá con hambre.

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Pon una puerta a Internet

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El 10 de marzo de 1988, cuatro agentes del Grupo Especial de Operaciones (GEO) de la Policía Nacional, se presentaron en Alcorcón, subieron los siete pisos de un gris y atestado edificio de viviendas en el barrio dormitorio de Parque de Lisboa y llamaron a la puerta de mi casa con sus CETME al hombro. Yo tenía cinco años, estaba en la guardería junto con mi hermano, y mi padre estaba trabajando, así que en casa sólo estaba mi madre.  Puedo imaginar perfectamente su cara de susto  al observar por la mirilla a sus inesperados  visitantes. Los policías pidieron a mi atónita madre muy educadamente que les dejara inspeccionar la vivienda, y como no llevaban una orden judicial la presentaron una carta de la entonces delegada del Gobierno en Madrid, Ana Tutor, pidiendo colaboración ciudadana “al objeto de localizar a los terroristas de ETA que mantienen secuestrado a un ciudadano de esta comunidad”. “Antes que nada, queremos informarle”, decía la carta, “que el artículo 18 de la Constitución y los artículos 545 y siguientes de la Ley de Enjuiciamiento Criminal consagran la inviolabilidad del domicilio. No obstante, le rogamos que, si no tiene usted inconveniente, permita la entrada en su establecimiento o domicilio a los agentes que le hagan entrega de esta nota”.

Mi madre, ante tal ofensiva jurídico policial desplegada en el rellano de su casa, no pudo más que dejar entrar a los agentes, no sin antes cerrarles las puertas en las narices durante unos minutos con objeto, como así comunicó a los Cuerpos y Fuerzas del Estado, de arreglar un poco la casa. Así eran las madres de antes.

En aquella operación, llamada Parque, la policía registró 1.500 casas de alquiler de mi barrio en busca del empresario Emiliano Revilla, secuestrado por ETA el 24 de febrero y que en realidad se encontraba en un agujero excavado bajo el suelo de dos metros de largo, uno de ancho y 1,90 de alto, en una vivienda de la calle Belisana, en Madrid. Allí pasaría 249 días de cautiverio. Precisamente, por casos como el suyo, en un clima verdaderamente difícil de terrorismo, el ministro del Interior de entonces, Jose Luis Corcuera, consiguió que se aprobara su famosa Ley Orgánica 1/92 de 21 de febrero de protección de la seguridad ciudadana, también conocida como “ley de la patada en la puerta”, que permitía el acceso a domicilios privados por parte de la policía si había la sospecha de que se está cometiendo un delito. Fue tal la polémica de esta ley, incluso a pesar de que aquel año ETA asesinó a 46 personas, que fue declarada nula por el Tribunal Constitucional en su sentencia 341/1993 de 18 de noviembre de 1993.

20 años después, nadie discute la inviolabilidad de nuestro domicilio ni el derecho a la intimidad  que nos reconoce el artículo 18. Pero de nuevo, y con la excusa del terrorismo, nos han vuelto a dar una patada en la puerta. Ya no es necesario enviar policías o espiar desde la ventana de enfrente para saber qué haces en tu casa. Ahora  se pueden hacer perfiles individuales sobre tu vida con la información que compartes en las redes sociales. Existen servidores capaces de obtener la contraseña de tu correo electrónico analizando cada clave posible hasta encontrar la correcta. Existen programas que son capaces de extraer, filtrar y clasificar lo que escribes en correos electrónicos, en tus conversaciones digitales o conseguir tu historial de navegación por internet. Y todo esto se ha hecho ya. Según The New York Times,  desde 2010 la Agencia Nacional de Inteligencia (NSA) recurre a la colaboración forzosa de empresas (como Google, Facebook, Yahoo!, Microsoft, Apple) y al robo de claves para acceder a comunicaciones privadas en Internet en todo el mundo. Incluida España, donde se sospecha que millones de conversaciones telefónicas, SMS o correos electrónicos han sido interceptados con objeto de recoger metadatos. Y en la legislación española, a través de la Ley 25/2007 de conservación de datos relativos a las comunicaciones electrónicas y a las redes públicas de comunicaciones, los metadatos tienen la misma protección que el contenido mismo de las conversaciones.

Al contrario de lo que pueda parecer, todos estos descubrimientos que van publicándose en los medios a raíz de las filtraciones del ex analista de la CIA Edward Snowden no son más que el resultado de algo que ha quedado patente desde la popularización masiva de Internet: le hemos perdido el respeto a nuestra privacidad. O el miedo, lo que quieran. Pero mientras mi madre dejaba pasar con recelo hace 20 años a cuatro policías para que inspeccionaran su casa y una ley era anulada por violar nuestros derechos, hoy a nadie le importa que nos estén vigilando. Y nos debería importar, porque del rastro de dejamos en Internet se puede obtener dónde vivimos, qué hacemos, o con quién nos relacionamos. Y no sólo una agencia de espionaje puede hacerse con esa información, también empresas con fines comerciales, o grupos delictivos.

Me encanta Internet, pero quiero estar seguro mientras navego y quiero controlar quién accede a lo que comparto. Por eso, cambiar nuestras contraseñas habitualmente; no abrir correos sospechosos; borrar el historial de navegación y las cookies diariamente; no acceder a datos bancarios o información privada en wifis abiertas; no usar las plataformas de geolocalización para hacer check in dónde vives o cuándo sales o no de casa; estudiar bien las posibilidades de privacidad de las redes sociales y aceptar invitaciones de gente que conozcas personalmente; usar programas de cifrado para emails o de protección para navegadores (como Noscript en FireFox o NotScripts en Chrome), deberían ser medidas más que habituales para evitar, al menos, que la puerta resista un poquito más.

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No te olvides de añadir Contenido a la lista de la compra

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Vivimos tiempos en los que las marcas aspiran a crear verdaderos medios de comunicación con los que dar salida a la ingente cantidad de contenidos que pueden generar o compartir  para sus audiencias en Internet. Contenidos propios o ajenos que den valor a sus mensajes en entornos brandeados, sociables e intuitivos, ya sea un perfil de Twitter, una página de Facebook, un blog o una aplicación para smartphone. Algunos incluso piensan que las marcas pueden dar la puntilla al periodismo tal y como lo conocemos. Pero… ¿es así de fácil? ¿Qué pueden ofrecernos las marcas que realmente sea tan relevante y creíble como las noticias de un medio de comunicación?

Hubo una época que a los estudiantes de periodismo como yo se les insistía una y otra vez del valor de lo local, de lo cercano, como uno de los parámetros fundamentales de lo que debía o no considerarse como noticia. Cuánto más cerca pase, cuánto más te afecte, más relevante para mí y por tanto más espacio debo darle a esa información en mi cabeza. Como cuando tu madre pegaba en la nevera la lista de alimentos que hacían falta en casa y sabías que, si bajabas a la calle, aquella lista tenía que ir en tu bolsillo y la visita al super era prioritaria a los amigos, la novia, el fútbol o lo que fuera (y ojo si se te olvidaba traer algo o lo dejabas para más tarde). En las redacciones circulaba una frase medio en broma medio en serio que decía que para que una noticia fuera en primera página, debían morir 1 español, o 10 europeos, o 100 americanos, o 1000 asiáticos o 10.000 africanos.  Y ciertamente acababa siendo así.

Hoy en cambio… ¿podemos seguir teniendo ese criterio? Para un chaval de 15 años, por ejemplo, que siga a Miley Cyrus por las redes sociales, le afecta más lo que está sucediendo con su artista favorita a más de 9.000 km que lo que decida la corporación municipal de su localidad. Para muchas mujeres, lo que diga Jamie Oliver en su canal de YouTube Food Tube o en su programa de Canal Cocina sobre las comidas en los colegios tiene más importancia que la reunión mensual del AMPA. Sin hablar de cómo las recientes revueltas en el mundo árabe han tenido gran repercusión en Europa gracias a anónimos youtubers que grababan lo que iba pasando cada día, mientras que poco o nada sabemos de lo que se hace día a día en el Parlamento Europeo.

Lo local ahora es global. Y al contrario también vale. Puede que tú problema con tu el servicio de reparaciones de tu ordenador sea un desastre, y miles de personas de todo el mundo se sientan identificadas, como le pasó a Jeff Jarvis y su polémico post contra Dell hace ya muchos años. Puede que los entrenamientos que haces para finalizar tu primer ironman sean de interés para otros runners en tu misma situación, como le pasa a los casi 50.000 suscriptores que siguen las locuras de Valentí Sanjuan en YouTube. O puede simplemente que el mapa que has creado para Minecraft basado en tu propia casa triunfe entre los adolescentes de Corea del Sur.

Para una marca que quiera generar contenidos, es decir, para los profesionales que se dediquen al brand content ya sea in house, in plant, en agencia o como influencers (sí, hablo de los social media managers, los content curator, los community manager, los blogueros o los youtuber) la fórmula es la misma: deja que los contenidos hablen por sí solos. Deja que conecten con las vidas de la gente. Olvídate de echarte flores, poner tu logo lo más grande posible o escribir el copy más pegadizo. Si quieres que que tu audiencia confíe en ti, conviértete en una historia creíble y comparte las historias de otros usuarios que sepan capaz de inspirar a la gente.

Es el caso de True Move H (empresa de telefonía de Tailandia). Contando la relación entre un niño que roba medicamentos para su madre enferma y el dueño de un restaurante, consiguieron hacer llegar su claim “Dar es la mejor comunicación” a 13 millones de personas por YouTube. Y sin duda generando más engagement que a través de un anuncio convencional.

O Samsung, que decidió que su nuevo producto, el Galaxy X4 Zoom, hablara por sí solo llevando a 16 usuarios a una isla desierta de Puerto Rico en un concurso de supervivencia que contarán los propios protagonistas en redes sociales a través del smartphone.

Las posibilidades son casi tantas como la capacidad que tengas para hacer que tu historia, sea cual sea, acabe en mi lista de la compra.

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O like o nada

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«Aut Caesar aut nihil» era el lema de Cesar Borgia, valenciano, hijo y mano armada del Papa Alejandro VI en el siglo XV. También un gran libro sobre el susodicho, que entre nosotros se las traía, de Manuel Vázquez Montalbán. O Cesar o nada. Algo así como un “sin ti no soy nada” de la época. En realidad parece que fueron los soldados de Julio Cesar, durante la guerra civil que acabaría con la República Romana, los que acuñaron la frase como grito de guerra antes de cruzar el río Rubicón y asaltar Roma. Y quince siglos después, el primer borjamari de la historia, el que inspiró a Nicolás Maquiavelo para escribir El Príncipe, se grabó en la espada la frasecita no se sabe si además queriendo expresar sus ilimitadas ambiciones.

500 años después el poder ha cambiado de manos. Los reyes piden perdón cuando van a cazar elefantes a África y los Papas twittean e incluso dimiten. Los nuevos César son más bien CEOs: Bill Gates, Steve Jobs o Eric Schmidt. Gente con una excepcional visión del futuro que se han convertido en millonarios creando los modernos rubicones por los que hay que pasar sí o sí para conquistar los nuevos mercados. Quizás el más famoso, con peli y todo, es Mark Zuckerberg, que, en 2004 y con 20 años, los mismos que tenía César Borgia cuando fue nombrado cardenal y capitán general del ejército del Vaticano, creó Facebook para que nuestra vida ya no fuera igual.

Zuckerberg decidió que la mejor forma de interactuar, y al mismo tiempo segmentar a su usuarios, en su red social fuera a través de la herramienta más sencilla y a la vez compleja que haya existido nunca en Internet: el like. Pensarlo bien. Lo que empezó siendo una forma de demostrar que un contenido te gustaba, se ha vuelto una profunda manera de manifestar gustos, opiniones, deseos y emociones. Veamos un ejemplo.

Una chica sube una foto en una playa preciosa en medio de un increíble atardecer con el siguiente texto: “Último día de vacaciones. Mañana vuelta al trabajo :(” Inmediatamente recibe una catarata de likes de sus compañeros de trabajo. Algunos porque les gusta la playa o la foto del atardecer. A otros la playa les da igual, les gusta ella, y aspiran a que se de cuenta. Otros les motiva lo que ha escrito, no porque les alegre que termine las vacaciones, sino porque se identifican con el sentimiento de tristeza de tener que volver al trabajo. Y otros, finalmente,  porque están emocionados por volver a verla al día siguiente.

De esta forma, hasta los mensajes más negativos (“No soporto los lunes”, “De resaca”, “El Gobierno está conspirando contra nosotros”, “El final de Lost es una mierda”) pueden conseguir likes sin que por ello entendamos que la gente se ha vuelto malvada y les gusta el sufrimiento ajeno. Del mismo modo, cuando “regalamos” un like a una marca, ya sea para suscribirse a su comunidad de fans o para premiar un contenido, no tiene que significar precisamente que nos gusten sus productos. A lo mejor nos interesa una promoción, queremos enterarnos de alguna novedad o puede que estemos sólo para criticar.

Sea como sea… ¿a quién no le gusta un like? Y más a las marcas, porque es una forma simple de evaluar si tu contenido, tu producto o tu marca genera interés. Por eso, para atravesar el Rubicón del Social Media, los directores de marketing advierten a sus agencias digitales: o like o nada. Porque lo cierto es que a más like, más engagement con los usuarios, más relevancia para los buscadores y más se viraliza el contenido.

Ese es el poder del like.

Y con el resto de redes sociales igual: pinear, +1, favorito… llámalo como quieras. El caso es conseguirlo, aunque como descubrió César Borgia, acostumbrado a comprar lealtades, el dinero no es una buena estrategia a largo plazo. Da igual cuántos influencers puedas comprar, si tu mensaje es pobre, si tu contenido es malo, tus fans acabarán “traicionándote” con la competencia. Porque un buen anuncio puede convencer, pero una buena historia puede enamorar.

La historia de César Borgia terminó la madrugada del 12 de marzo de 1507, asesinado en una emboscada a traición sin haber cumplido los 32 años ni cobrar royalties por la película. De CEO le hubiera ido mejor.

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Josef Ajram o el valor de decir NO

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Hace unos años, una persona que se dedicaba a trabajar para el ocio y el deporte de las personas con discapacidad, me contó una historia que había vivido con uno de sus deportistas mientras le asistía en una competición muy importante de boccia, un deporte paraolímpico similar a la petanca. El deportista, en silla de ruedas, tenía disfunciones locomotrices severas debido a una parálisis cerebral, por lo que requería que el asistente, de espaldas al juego, moviera una especie de rampa donde debía resbalar la bola a indicación del deportista.

El deportista y su asistente tenían mucha confianza, eran amigos. Entre ellos no había diferencias: solían ir a tomar cervezas juntos o bromeaban cuando veían a una chica que les gustaba. Y en el boccia se conjuntaban a la perfección. Y el caso es que ahí estaban. En plena competición. En la última ronda. Y en primera posición. Para ganar, el deportista dependía de sí mismo. Sólo necesitaba un lanzamiento normal, que le diese puntos, y estaba hecho. El auxiliar preparó la rampa y le miró, confiado en la victoria de su amigo. Pero cuando vio su cara, notó que algo no iba bien. El deportista, después de pensarlo un momento, le indicó que girara la rampa en una dirección en la que la bola irremediablemente iría fuera, lo que suponía perder el campeonato. El auxiliar dudó, pero el deportista se reafirmó en su decisión. Finalmente, colocó la rampa como pedía su amigo sin entender por qué tomaba la decisión de perder.

Y eso fue lo que le preguntó una vez finalizado el torneo. ¿Por qué? ¿Por qué no ganar cuando lo tenías al alcance de la mano? La respuesta de su amigo, fue muy sencilla: porque puedo.

Efectivamente, no perdió. Decidió perder. Y para una persona en silla de ruedas incapaz de decidir y hacer sin ayuda acciones tan básicas como lavarse, vestirse, viajar o pedirle una cita a una chica, aquello revestía una gran poder.

¿Tiene valor echar la pelota fuera? ¿Tiene valor retirarse? ¿Tiene valor decir NO? Por lo general nos enseñan que no, que lo único que tiene valor es lo que conseguimos, lo que ganamos. Por eso la mayoría de la gente no intenta nada, por miedo al fracaso. Y ese mismo mensaje nos trasladan las marcas, incapaces de reconocer fallos, de asumir la derrota, de perder posiciones a cambio de decisiones más responsables. Siempre en plena competencia por comprar el éxito, aunque sea ajeno. ¿Cuántas marcas confiaron en Lance Armstrong a pesar de las evidencias simplemente porque ganaba Tours, sin cuestionarse el cómo los ganaba? ¿Cuántas abandonaron a Tiger Woods a pesar de sus triunfos cuando se aireó su vida personal?  A veces nos olvidamos que el éxito y el fracaso son inventos del ser humano; que las copas y galardones son objetos de metal que acumulan polvo, y que, al final, lo verdaderamente importante es el viaje. Y como marca creo que el componente emocional de vincularnos a ese viaje, a esa historia de una persona como nosotros que no mide el éxito en dinero o trofeos, es mucho mayor al orgullo que podamos sentir viendo ganar a Nadal, por ejemplo. Yo al menos nunca me haría un depósito Gasol a 12 meses simplemente porque tenga el nombre de un doble ganador de la NBA.

Como tampoco voy a retirar mi admiración a Josef Ajram, creador del famoso Where is the limit?, simplemente porque no ha podido conseguir, por segundo año consecutivo, el Red Bull 7 Island. Cualquiera que haya salido a correr media hora entiende lo que debe ser prepararse para siete ironman seguidos en las Islas Canarias. Y la grandeza de Josef, y de Red Bull, es que en ese camino ha conseguido que mucha gente salga a correr o a intentar superar sus límites con sus nombres en la cabeza.

Entonces, para una marca… ¿Tiene valor decir que no? ¿Tiene valor retirarse? Claro que sí. Un valor enorme. Porque yo, como mucha gente que intenta cosas, me identifico más con la derrota que con la victoria. En el NO te entiendo más que en el SÍ. No sé lo que es hacer un ultramaratón, pero sí sé lo que es no poder más. Y necesito tanto una ración de motivación como una de realidad. No sé si Red Bull seguirá patrocinando a Josef Ajram (o si el querrá seguir siendo patrocinado), pero creo que tiene una gran oportunidad para recoger el sentimiento de millones de personas que van al trabajo sin ganas, que viven atados a una hipoteca o simplemente no disfrutan de su vida, y decir: “tíos, os comprendemos, nosotros también tenemos malos días, nosotros tampoco somos perfectos, pero mira a Josef, no estaba disfrutando y decidió que no. Que no terminaba. Y no pasa nada, porque lo importante es él, es el viaje que ha hecho hasta llegar ahí y la gente que ha inspirado en el camino”.

¿Sabéis? Me hubiera encantado que Felix Baumgartner hubiera subido a la estratosfera, con millones de personas viéndolo en directo a través de YouTube, y en la soledad de estar a 39.068 metros de altura, hubiera mirado para abajo y hubiera dicho: pues no salto, que esto está muy alto.

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Todos los algoritmos llevan a ti

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En Internet no existen las casualidades. No existe serendipity.

Si realizas una búsqueda en Google, los resultados serán los más relevantes para ti en función de dónde vives, los años que tengas, tu historial en la Red o tus compras online.

Si entras en Facebook, en tu feed de noticias verás actualizaciones de la gente más cercana a ti, y con la que tienes más interacción. Verás más anuncios de marcas relacionadas con tus intereses o con personajes de los que eres fan. Te llegarán sugerencias de amistad de personas con las que compartes muchos amigos, y seguramente conozcas en la vida real.

Y no es casual. La culpa es de los algoritmos.

Un algoritmo es la fórmula matemática que selecciona para ti lo más relevante, que te ayuda filtrar entre billones de contenidos lo que tú quieres o necesitas saber. En palabras de Larry Page y Sergey Brin, cofundadores de Google y creadores del famoso algoritmo PageRank, es “un método para valorar las páginas web de forma objetiva y mecánica, midiendo de forma efectiva la atención e interés humanos dirigidos hacia cada página”. Es la fórmula mágica que consigue que mi experiencia navegando sea diferente a la tuya aunque entremos en los mismos sitios.

Por si te lo estás preguntando, no, este blog no tiene algoritmo. Si entras directamente a él verás lo mismo que cualquiera. Pero si entras desde cualquier buscador, agregador de noticias, red social o lista de correo, llegarás primero al post que más tenga que ver con tus inquietudes.

Espera, volvamos atrás. Como digo, todas las redes sociales y plataformas de contenidos, desde webs de contactos a periódicos online, tienen un algoritmo que dispone lo que es más relevante para ti. Y para encontrar la relevancia, suelen valorar el interés que suscita un contenido, ya sea por las visitas que consigue, los likes, las veces que se comparte o la interacción. Y por supuesto, también por tu historial de navegación, que queda recogido en unos archivos llamados cookies que no se parecen en nada a lo que merendaba el monstruo de las galletas. La suma entre lo que le gusta a la gente y lo que te gusta a ti ayuda al algoritmo a que veas lo que quieres ver. En otro post escribiré sobre el lado malo de esto, pero ahora quiero preguntar algo…

¿Y si eso pasara en la vida real?

Piénsalo. ¿Es casual que tus amistades practiquen en mismo deporte que tú, o será que sois amigos por tener aficiones en común? ¿De entre todas las mujeres del mundo tu media naranja ha vivido siempre a dos manzanas de ti, o es que vivir en la misma comunidad os hace tener los mismos valores como pareja? ¿Es casualidad que hayas encontrado trabajo por recomendación de un amigo que, casualmente trabaja en tu mismo sector? ¿Es casualidad que tus últimas tres exnovias se parezcan entre sí? El mundo está lleno de conexiones invisibles a las que solemos llamar casualidades y que, por lo general, no nos gusta analizar sus orígenes.

Vale, pero… ¿Y qué hay de esa gente que constantemente se queja de su mala suerte? ¿Esas personas que eligen siempre a la pareja equivocada? ¿Que duran poquísimo en sus trabajos? ¿Que siempre tienen algo que hacer que les impide realizar sus sueños? ¿Su algoritmo anda equivocado?

Algo parecido debió pensar Amy Webb, una joven judía en la treintena que harta de fracasar en sus relaciones, se registró en una página de citas esperando que el algoritmo digital actuara para ella de forma más precisa que el vital. Lo que le sucedió lo cuenta ella en una charla TEDx que no debéis perdeos. Amy se da cuenta, una vez comprueba que las recomendaciones de la web de citas no se ajustan a lo que ella quiere y las citas vuelven a ser un fracaso, que en realidad el algoritmo funciona perfectamente… en base a la información que ella estaba dando.

Efectivamente, ¿cuántos de nosotros somos verdaderamente honestos cuando conocemos a una persona? ¿O en una entrevista de trabajo? ¿Cuántos de nosotros reconoceríamos en público nuestros gustos si estos no se ajustaran a la moda o la tendencia? ¿O expresaríamos una opinión aún sabiendo que somos los únicos en pensar así? Desde que nos despertamos hasta que nos volvemos a dormir, estamos constantemente enviando y recibiendo información al resto de la gente, tanto de forma verbal como no verbal. Y eso es lo que aportamos a nuestro algoritmo vital, que nos recomienda o nos empuja en direcciones siguiendo nuestros propios parámetros. Si siempre alardeas de lo bien que te va… ¿cómo va a ayudarte la gente si en realidad estás triste? Si siempre dejas que tus amigos decidan por ti, ¿cómo vas a conocer amigos que compartan tus aficiones? Si en tu currículum has exagerado lo que sabes hacer, ¿cómo esperas tener proyección y estabilidad en un trabajo?

Este es mi consejo. No rompas con tu algoritmo, sé sincero con él, mira dentro de ti y aprende a quererte tal como eres. De esta forma la vida te pondrá en primer lugar los resultados que tu quieres.

Como en Google.

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La alternativa se llama MOOC

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Ayer, The World Street Journal llevaba a sus páginas los últimos resultados de los españoles en el Programa Internacional para la Evaluación de la Competencia de los adultos (PIAAC) de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE). Según este informe, que evalúa el nivel cultural de la población de 16 a 65 años en las 23 primeras potencias económicas del mundo, España es el penúltimo país en lectura (a 19 puntos de la media y sólo por delante de Italia), y el último en matemáticas (a 23 de la media). Y no es que los de la OCDE fueran a Guadalix de la Sierra a preguntar a los concursantes de Gran Hermano. De los 6.055 españoles encuestados entre agosto de 2011 y marzo de 2012, sólo un 4,6% alcanzó el nivel máximo en comprensión lectora, mientras que sólo el 4% hizo lo propio en matemáticas. Por abajo, en cambio, un 27% está en el 1 o por debajo y el 31% en matemáticas, mientras que las medias de la OCDE son de 16 y 19 por ciento. Para hacernos una idea, el nivel inferior a 1 “solo se requiere conocimiento de vocabulario básico y no es necesario que el lector entienda la estructura de las frases o párrafos, ni hacer uso de cualquier otra característica del texto. Las tareas que se encuentran en este nivel no utilizan ninguna de las características específicas de los textos digitales”, mientras que en matemáticas “requiere que el entrevistado lleve a cabo procesos simples tales como contar, ordenar, realizar operaciones aritméticas básicas con números enteros o dinero”

¿Qué significa esto a efectos del día a día? Veamos algunos ejemplos ilustrativos que nos proporciona este estudio:

  • El español medio no entiende los gráficos del recibo de la luz, ni sabe comparar precios de hoteles ni es capaz de encadenar cálculos aritméticos de forma correcta para hallar el precio final de la compra. Del mismo modo es incapaz de leer textos complejos como El Quijote (conclusiones del propio Ministerio de Cultura).
  • Un 17% dijeron no tener experiencia previa con el ordenador, frente al 9% de media de los países participantes.
  • Los titulados superiores españoles obtienen la misma nota que los bachilleres japoneses. Es más, hay seis países donde las personas que obtuvieron el título en Bachillerato o en FP de Grado Medio superan las competencias matemáticas de los españoles licenciados por una universidad o con FP de Grado Superior.

Con semejante panorama, no es de extrañar que The World Street Journal diga que “los trabajadores españoles e italianos son los menos cualificados” del mundo desarrollado, y que se refleje en una “perdida de competitividad en la última década”.

Precisamente, ese mismo día The World Street Journal publicada un interesantísimo reportaje, elaborado por Geoffrey A. Fowler, sobre los Massive Open Online Courses (MOOC) (y los problemas que están encontrando).  “Nonetheless, you can learn almost anything online—if you put your mind to it”. Los MOOC son una modalidad de educación superior abierta y gratuita que ofrece cursos de pre grado a través de plataformas online. El primer MOOC se lanzó en 2007 y actualmente las mejores universidades del mundo (recordemos que entre las 200 primeras no hay ninguna española) están adscritas ya a alguna de las principales plataformas de educación virtual gratuita. Una de las principales es Coursera, con 3,2 millones de usuarios registrados. Fundada por los profesores de la Universidad de Stanford Andrew Ng y Daphne Koller en octubre de 2001, ofrece MOOCs de la Georgia Institute of Technology, University of Washington, University of Edinburgh, University of Toronto, Ecole Polytechnique Federale de Lausanne, University of California, University of Illinois Urbana-Champaign y University of Virginia, entre otros. En España tenemos a la UNED con sus COMA y  Miriada X, plataforma en español creada por Banco Santander y Telefónica que está animando a algunas universidades públicas y privadas Iberoamericanas  a subir cursos.

Yo mismo estoy haciendo un MOOC de la Northwestern University a través de Coursera en el que se inscribieron 55,403 personas de todo el mundo, aunque sólo la empezamos 13.940 (y terminaremos muchos menos). Por mi experiencia (llevo cuatro semanas), Internet da herramientas más que de sobra para obtener conocimientos con un nivel de exigencia alto y con las facilidades que conlleva hacerlo desde casa. Nuestro profesor prepara unos tres vídeos de 10 a 15 minutos por semana, además de entrevistas a otros autores, material de lectura, un hangout en vivo y foros de discusión sobre las materias o aspectos del curso. Tenemos un examen y un trabajo de unas 300 palabras semanal, y la nota para aprobar es un 7.

Es cierto, y el reportaje de Fowler ahonda en eso, que la educación online puede producir aislamiento (aunque Coursera anima a quedar a los estudiantes de la misma zona a través de Meetup) y que la gratuidad hace que mucha gente no se motive a terminarlo. Pero vamos, que en España doblamos a la UE en tasa de abandono escolar en la educación básica y presencial… Y en relación a la educación de adultos, y en los parámetros en los que nos movemos según la OCDE… ¿no sería interesante invertir en esta tecnología para que la persona que no puede seguir formándose por recursos o tiempo pueda actualizar conocimientos de manera tutelada a través del ordenador? ¿No estaría genial que se obligase a las personas en paro a realizar y aprobar MOOCs con los que van a salir con un certificado oficial universitario en vez del sistema actual de cursos realizados por sindicatos y que no valen de nada? ¿No es más barato subir cursos online que estén disponibles permanentemente que invertir en aulas, desplazamientos y personal? Ahora que en España dos de cada tres hogares disponen de conexión de banda ancha a la Red y la mitad de la población usa Internet a diario (datos de 2012), ¿es una locura impulsar y dar difusión YA una plataforma estatal y gratuita de educación online que aglutine a todas las Universidades Públicas españolas?

De nuevo, Internet nos ofrece las herramientas para cambiar las cosas. Y en este caso, la alternativa se llama MOOC.

Por cierto, si alguna vez has hecho algún MOOC o tienes experiencia con la educación online, me encantaría que dejaras un comentario con tu opinión.

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Que el cielo de Madrid caiga sobre vuestras cabezas

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De Madrid al cielo, se solía decir, cuando la capital de España era el trampolín para todo aquel que quería ser alguien. Una frase que se hizo popular a finales del siglo XVIII y cuya expresión completa es «de Madrid al cielo, y en el cielo, un agujerito para verlo». En aquella época Carlos III (1716-1788) se empeñó en modernizar y embellecer la ciudad creando servicios de alumbrado y recogida de basura, paseos adoquinados, mejorando la red de alcantarillado, e inaugurando monumentos que todavía hoy son el santo y seña de Madrid: Cibeles, Neptuno, la Puerta de Alcalá, el Museo del Prado (entonces Gabinete de Historia Natural), el Real Jardín Botánico, el Hospital San Carlos (hoy Museo Reina Sofía)… Me figuro que Carlos III no conocía el concepto marca-ciudad, ni sabía nada de turismo, ni tomaba decisiones en base a la organización de Juegos Olímpicos o presiones de constructores. No. Yo creo que simplemente él, madrileño de toda la vida (nació en el Real Alcázar de Madrid), quería vivir y gobernar en un lugar a la altura de lo que esperaba que fuese su reino. Digo yo, que no soy historiador ni lo pretendo. Pero que fuese llamado “el Mejor Alcalde de Madrid” dice mucho sobre él y muy poco sobre sus predecesores.

Sin embargo, después del altamente comentado y difundido reportaje de El País titulado “La decadencia de Madrid“, publicado el 5 de octubre y todavía la noticia más vista en la edición digital, uno pensaría que desde el cielo están tapando los agujeros, y que Carlos III va a salir pitando de la ciudad a lomos de su corcel desde su estatua en la Puerta del Sol. Más aún si bajo el subtítulo “arruinada y sucia”, ve una foto bastante tendenciosa de la Plaza Mayor llena de basura, y que en realidad se corresponde al paso de los hinchas de un equipo de fútbol que se enfrentaba al Real Madrid en Champions.

Supongo que el impacto del reportaje, unido al reciente fiasco olímpico, debe tener preocupados, y con razón a quien desde el ayuntamiento, gobierno autonómico e incluso nacional, trabaje en la marca Madrid y la marca España, ya que una y otra van muy ligadas. El escenario que recoge el artículo parece casi apocalíptico: la llegada de turistas a la capital cayó un 22% en agosto en el verano con más afluencia de extranjeros al país de nuestra historia, el aeropuerto de Barajas fue superado por primera vez por El Prat, el ayuntamiento tiene una deuda de más de 7.000 millones de euros y la alcaldesa muy mal nivel de inglés, los sindicatos convocan huelgas en los servicios de limpieza, el Prado pierde un cuarto de sus visitantes, la noche se apaga por falta de iniciativas culturales…

Y la pregunta que queda en el aire es…. ¿Ha perdido Madrid su atractivo?

Desde el punto de vista de Madrid como marca, la respuesta es categóricamente NO. El potencial sigue ahí, e incluso diría que Madrid nunca ha sido bien aprovechada ni vendida en su conjunto. ¿Qué hay huelgas? Como en todas las capitales del mundo. ¿Suciedad? Yo he llegado a ver ratas en los metros de Londres. ¿Qué hemos perdido los Juegos Olímpicos? También Estambul, y cada año otras candidatas, sin que eso reste como ciudad, más bien debería servir como oportunidad para mostrarnos al mundo. ¿Qué no vienen los extranjeros en verano? Lógico, siempre y cuando entendamos que Madrid nunca se ha vendido como una ciudad de sol y playa, más bien hemos atraído siempre un turismo cultural. Pero con la crisis y el IVA “cultural” en un 21%, ya me dirás. Si a eso le sumamos la infrautilización de espacios públicos como la T4, de exclusividad de Iberia y sus socios de Oneworld (algo que parece que va a cambiar); la mentalidad política tan española de “construyo primero, me hago la foto y ya veremos luego qué tal queda”, que nos ha dejado instalaciones deportivas abandonadas, rascacielos vacíos y algún que otro monumento que no hay por dónde pillarlo, como el obelisco de Calatrava; y que, como toda capital de país, Madrid vive polarizada por el sentimiento general del país, que estos últimos años de crisis se ha reflejado en una manifestación casi diaria; pues tenemos gran parte del pastel cubierto.

Seamos sinceros, el extranjero que viene a España en agosto viene principalmente a comer espetos, achicharrarse al sol y emborracharse. No viene a ver Goyas ni a fotografiar manifestaciones. No creo que sea justo comparar Madrid con el resto de zonas turísticas españolas que se basan justamente en eso. Tampoco creo que a Madrid le falte un icono arquitectónico, tipo la Sagrada Familia en Barcelona. Ni que la solución sea volver a los tiempos de la movida, donde, por cierto, habría proyección internacional pero también una cultura de la droga que dejó a mucha gente en el camino. Creo que debemos de dejar de copiar fórmulas de otras ciudades y explotar lo que realmente da valor al producto.

Creo que el verdadero valor de Madrid son los madrileños.

Y esto es una lección que sirve tanto para ciudades como para cualquier negocio: en tus habitantes, en tus empleados, en tus consumidores, es donde tienes el verdadero diferencial. Haz como Carlos III, construye para las personas que ya han elegido vivir en tu ciudad o consumir tu producto, y deja que el poder de la recomendación haga el resto.

Personalmente, me he encontrado más a gusto en ciudades donde la gente estaba contenta y disfrutaba de la ciudad como yo, que en aquellas en las que sólo me mezclaba con turistas y veía a los verdaderos vecinos mirar desde el otro lado porque aquello diseñado para mí no les servía de nada. ¿Necesitan los madrileños Eurovegas? No. Necesitan un Madrid libre de atascos, necesitan un Madrid más limpio. Y ahí está el gran ejemplo de Madrid Río, un espacio abierto y funcional que se llena de familias y bicicletas cada fin de semana. Como el Retiro, lleno de jóvenes tomando el sol en verano. O el Santiago Bernabeu. O el Rastro. No inventemos la rueda, las postales ya están hechas, no tenemos que crear citys financieras o rascacielos. Centrémonos en el producto y en la gente que más lo va a utilizar. Un dato, en 2012, el 22,9% de los visitantes del Museo del Prado eran… madrileños.

Un Madrid para los madrileños en una ciudad configurada en el carácter de los madrileños: abierta, acogedora, cosmopolita, culta y útil. Y eso es lo que tenemos que vender si queremos que, desde el cielo, vuelvan a mirarnos con admiración.

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No eres tú, soy yo.

Visto y no visto

Este es un mensaje dedicado a los editores de periódicos, a las agencias de viajes minoristas, a las productoras musicales, a las tiendas al alquiler de DVD, a las cadenas de televisión, a las salas de cine…

No eres tú, soy yo.

En serio. No te lo tomes a mal. Añoro el tacto y el olor del papel mientras repaso las noticias, pero… ¿de qué me sirve saber lo que ha pasado AYER si puedo enterarme de lo que sucede en el mundo en tiempo real? Y no es que tu periódico sea malo. Seguramente imprimas en el mejor papel y tengas en plantilla a los periodistas más preparados de la historia. Pero ya no soy el lector de antes, ya no sé conformarme con una sola visión de la realidad, quiero confrontar lo que dices, leerlo en otros sitios, dar mi punto de vista. Quiero tener la opción de crearme alarmas con las noticias que más me interesan a mí, como hace Google News, y luego compartirlas en Digg o Menéame. Ya no me vale el periódico.

Y sí, reconozco que antes no decía lo mismo. Cuando quería hacer un viaje, acudía a ti, a tu local lleno de fotografías con destinos exóticos y pagaba un poco más por ese billete de avión con tal de que tú me lo dieses en un sobre adornado con tus iniciales. Pero ahora puedo buscar yo el precio más barato en edreams o Skyscanner, y pagar la mitad. Y vale, la pantalla no me regala la sonrisa de tu amable empleada pero ya no me apetece desplazarme simplemente para pedir presupuestos cuando tengo todas las ofertas a un click de distancia.

No quiero que pienses que te engaño. Es verdad que antes no me preocupaba gastarme 20 euros en un CD de 10 canciones de las que sólo me gustaba un par. Y sigo queriendo pagar por la música, pero sólo por la canción que me gusta. Y quiero además que pueda reproducirse en todos los dispositivos que tengo para poder oírla mientras voy en el metro, mientras corro, mientras trabajo o en el coche. Sí, me he vuelto más exigente, pero también escucho más música que nunca gracias a Spotify, last.fm o SoundCloud, y eso hace que conozca a más artistas e invierta más en ir a conciertos. Claro que de eso se beneficia el artista, que recibe más dinero por su trabajo que antes, ¿no?

Oye, que no lo digo por discutir, pero no creo que te cuente nada que no sepas. Mira los videoclubs. ¿Te acuerdas de Blockbuster? Era la cadena de alquiler de películas y videojuegos más grande del mundo, con más de cuatro mil tiendas sólo en Estados Unidos. En 2010 quebró después de una lenta agonía cuando ya sólo contaba con escasamente 500 tiendas, incapaz de competir con las empresas de venta de películas y series por streaming como Netflix.

Y es que si pagando una cuota semanal puedo ver los programas y películas que más me gustan y a la hora que quiera, sin tener que aguantar esas odiosas interrupciones de los anuncios… ¿por qué voy a tener que conformarme con la televisión? ¿Por qué voy a conformarme con dominar el mando a distancia si puedo dominar el tiempo y la calidad de lo que veo?

Lo sabía. Sabía que ibas a apelar a la nostalgia. A la magia de ir al cine con una chica, invitarla a palomitas y cogerla de la mano mientras vemos la película. A la magia de ver Los Simpson en familia, cenando pizza en el salón de casa con el pequeño Bobby tirado en el sofá junto a nuestro Golden color canela.  Pues te voy a decir un secreto. El precio del cine ha subido un 48% en los últimos cinco años. Lo que antes era un entretenimiento ahora es un lujo que vale de media 7,08 euros la entrada. Si además le sumas las palomitas el resultado es que nunca tendré dinero para irme a vivir con esa chica, y mucho menos para tener al pequeño Bobby o alimentar a ese cabrón de Golden que me ensucia siempre el sofá cuando se sube. Ya no te cuento lo de pedir una pizza, que además me sale más barata si la encargo por Internet.

Sé que es una putada, pero lo cierto es que tengo más acceso a información, cultura y entretenimiento por Internet que a través de vosotros, los antiguos intermediarios. Si me quedara con vosotros sabría menos de lo que pasa en el mundo, viajaría una vez al año, escucharía menos música y vería menos cine y series que nunca. Sería, por tanto, más inculto.

Y yo no quiero eso para mí.

No te hagas sangre. No eres tú, soy yo.

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