Archivo de la categoría: Seguridad

Pon una puerta a Internet

Captura de pantalla 2013-10-23 a las 19.39.10

El 10 de marzo de 1988, cuatro agentes del Grupo Especial de Operaciones (GEO) de la Policía Nacional, se presentaron en Alcorcón, subieron los siete pisos de un gris y atestado edificio de viviendas en el barrio dormitorio de Parque de Lisboa y llamaron a la puerta de mi casa con sus CETME al hombro. Yo tenía cinco años, estaba en la guardería junto con mi hermano, y mi padre estaba trabajando, así que en casa sólo estaba mi madre.  Puedo imaginar perfectamente su cara de susto  al observar por la mirilla a sus inesperados  visitantes. Los policías pidieron a mi atónita madre muy educadamente que les dejara inspeccionar la vivienda, y como no llevaban una orden judicial la presentaron una carta de la entonces delegada del Gobierno en Madrid, Ana Tutor, pidiendo colaboración ciudadana “al objeto de localizar a los terroristas de ETA que mantienen secuestrado a un ciudadano de esta comunidad”. “Antes que nada, queremos informarle”, decía la carta, “que el artículo 18 de la Constitución y los artículos 545 y siguientes de la Ley de Enjuiciamiento Criminal consagran la inviolabilidad del domicilio. No obstante, le rogamos que, si no tiene usted inconveniente, permita la entrada en su establecimiento o domicilio a los agentes que le hagan entrega de esta nota”.

Mi madre, ante tal ofensiva jurídico policial desplegada en el rellano de su casa, no pudo más que dejar entrar a los agentes, no sin antes cerrarles las puertas en las narices durante unos minutos con objeto, como así comunicó a los Cuerpos y Fuerzas del Estado, de arreglar un poco la casa. Así eran las madres de antes.

En aquella operación, llamada Parque, la policía registró 1.500 casas de alquiler de mi barrio en busca del empresario Emiliano Revilla, secuestrado por ETA el 24 de febrero y que en realidad se encontraba en un agujero excavado bajo el suelo de dos metros de largo, uno de ancho y 1,90 de alto, en una vivienda de la calle Belisana, en Madrid. Allí pasaría 249 días de cautiverio. Precisamente, por casos como el suyo, en un clima verdaderamente difícil de terrorismo, el ministro del Interior de entonces, Jose Luis Corcuera, consiguió que se aprobara su famosa Ley Orgánica 1/92 de 21 de febrero de protección de la seguridad ciudadana, también conocida como “ley de la patada en la puerta”, que permitía el acceso a domicilios privados por parte de la policía si había la sospecha de que se está cometiendo un delito. Fue tal la polémica de esta ley, incluso a pesar de que aquel año ETA asesinó a 46 personas, que fue declarada nula por el Tribunal Constitucional en su sentencia 341/1993 de 18 de noviembre de 1993.

20 años después, nadie discute la inviolabilidad de nuestro domicilio ni el derecho a la intimidad  que nos reconoce el artículo 18. Pero de nuevo, y con la excusa del terrorismo, nos han vuelto a dar una patada en la puerta. Ya no es necesario enviar policías o espiar desde la ventana de enfrente para saber qué haces en tu casa. Ahora  se pueden hacer perfiles individuales sobre tu vida con la información que compartes en las redes sociales. Existen servidores capaces de obtener la contraseña de tu correo electrónico analizando cada clave posible hasta encontrar la correcta. Existen programas que son capaces de extraer, filtrar y clasificar lo que escribes en correos electrónicos, en tus conversaciones digitales o conseguir tu historial de navegación por internet. Y todo esto se ha hecho ya. Según The New York Times,  desde 2010 la Agencia Nacional de Inteligencia (NSA) recurre a la colaboración forzosa de empresas (como Google, Facebook, Yahoo!, Microsoft, Apple) y al robo de claves para acceder a comunicaciones privadas en Internet en todo el mundo. Incluida España, donde se sospecha que millones de conversaciones telefónicas, SMS o correos electrónicos han sido interceptados con objeto de recoger metadatos. Y en la legislación española, a través de la Ley 25/2007 de conservación de datos relativos a las comunicaciones electrónicas y a las redes públicas de comunicaciones, los metadatos tienen la misma protección que el contenido mismo de las conversaciones.

Al contrario de lo que pueda parecer, todos estos descubrimientos que van publicándose en los medios a raíz de las filtraciones del ex analista de la CIA Edward Snowden no son más que el resultado de algo que ha quedado patente desde la popularización masiva de Internet: le hemos perdido el respeto a nuestra privacidad. O el miedo, lo que quieran. Pero mientras mi madre dejaba pasar con recelo hace 20 años a cuatro policías para que inspeccionaran su casa y una ley era anulada por violar nuestros derechos, hoy a nadie le importa que nos estén vigilando. Y nos debería importar, porque del rastro de dejamos en Internet se puede obtener dónde vivimos, qué hacemos, o con quién nos relacionamos. Y no sólo una agencia de espionaje puede hacerse con esa información, también empresas con fines comerciales, o grupos delictivos.

Me encanta Internet, pero quiero estar seguro mientras navego y quiero controlar quién accede a lo que comparto. Por eso, cambiar nuestras contraseñas habitualmente; no abrir correos sospechosos; borrar el historial de navegación y las cookies diariamente; no acceder a datos bancarios o información privada en wifis abiertas; no usar las plataformas de geolocalización para hacer check in dónde vives o cuándo sales o no de casa; estudiar bien las posibilidades de privacidad de las redes sociales y aceptar invitaciones de gente que conozcas personalmente; usar programas de cifrado para emails o de protección para navegadores (como Noscript en FireFox o NotScripts en Chrome), deberían ser medidas más que habituales para evitar, al menos, que la puerta resista un poquito más.

Etiquetado , , , , , , , ,