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El derecho a estar tristes

En su maravilloso espectáculo Inflammation du verbe vivre, Wajdi Mouawad se transforma en un director de teatro que no ve otro camino que morir para volver a encontrar el sentido a vivir. Como un Filoctetes herido y perdido en un lugar que ya no reconoce, se atreve  decir que la sociedad moderna ha dejado de soñar a lo grande, porque ya sólo se conforma con bagatelas. Hemos renunciado a dejar huella en este mundo por objetivos más a corto plazo, como un iphone o un contrato indefinido. Y no es suficiente. En otra escena, Mouawad pone voz a jóvenes que, en medio de una fiesta, entre alcohol, drogas y sexo, se sienten existencialmente muertos.

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Yo no creo que el hombre del siglo XXI haya dejado de soñar. Creo que, hoy más que nunca, el ser humano está preparado para afrontar cualquier tipo de situación, educado para creer ilimitadamente en sí mismo. Porque hoy tenemos derecho a ser lo que creamos sentir, derecho a romper y comenzar de nuevo, derecho a buscar nuestra propia felicidad. Sólo hay una cosa a la que aún no tenemos derecho.

A estar tristes.

Y eso es lo que le pasa al alter ego de Mouawad y al hombre moderno. Se siente mal por estar triste. Escapa de la tristeza. Porque en nuestra sociedad no está permitido no ser feliz. No se puede, está mal. Y no, no me refiero a la tristeza de echar unas lágrimas porque nuestra selección ha sido eliminada o porque una canción te recuerda a tu ex. Me refiero a la tristeza de verdad. La que duele. La que te paraliza. ¿Te acuerdas de ella? Es como si tu corazón se rompiera como un folio o como si un elefante se sentara en tu alma. Es el desaliento.

Pero no podemos estar así. No nos dejan. Mirad vuestro whatsapp. La primera cara triste aparece después de 38 emoticonos alegres, despreocupados, iracundos o aburridos. La  sociedad ha creado todo tipo de situaciones para todo tipo de emociones y sentimientos, menos para ese. ¿En el trabajo? Hay que estar concentrados. ¿En una fiesta? Eufóricos. ¿Con tu pareja? Enamorado. ¿Con tus hijos? Optimista. La primavera la sangre altera. En verano todos a hacer fotos en la playa. El invierno a comprar para ser más felices. Y quizás en otoño permítete algo de melancolía, pero poca, que nos lo estamos cargando con el cambio climático. ¿Estás triste? Debería darte vergüenza, porque vives en el primer mundo, eres un privilegiado, hay gente pasándolo peor. Además, la vida es un suspiro, hay que aprovecharla al máximo. Hakuna Matata. ¿Y qué pasa cuando planificas un viaje con meses de antelación para disfrutar de parte de esas dos míseros 22 días de vacaciones al año? Pues que hay que estar contento. Sí o sí. Por huevos. Diga lo que diga nuestro cuerpo o nuestra mente. Así que no dejemos de subir fotos a Instagram con los hashtags como #fun #happy o #tengoelcorazoncontento. Y de ensayar la sonrisa perfecta. Esa con la que salgo exactamente igual en mis últimos 2522 selfies con mis amigos. La misma sonrisa. La misma.

Y si no, tenemos opciones. “Voy a ahogar mis penas con alcohol”. O comprando. O encendiendo la tele, para no pensar. Quizás con una pastilla. O algo más fuerte. Cualquier cosa a que me vean triste. Porque ya se sabe, no es educado estar triste. Dan mal rollo, contagian la mala energía, están enfermos. Y yo no soy así. No señor. Yo nunca estoy triste.

Este es el panorama. Nos manejamos por escenarios en los que todos tenemos que sentirnos igual, aunque sabemos que eso es imposible. Pero para mí, estar triste es como la vacuna que te ponen para que el cuerpo aprenda a resistir mejor la enfermedad. La persona que vive la tristeza es precisamente la menos propensa a deprimirse. Y sí, tengo motivos para estar triste. Estoy triste porque a veces me duele el mundo. A veces me duele mi trabajo. O me duelen mis expectativas no cumplidas. Me duele mi pareja. Me duele sentirme de más y sentirme de menos. Me duele ser y me duele no ser.

Porque a veces duele igual avanzar que quedarse quieto.

Pero sin ese dolor, no podría recordarme qué me hace feliz. Sin tocar fondo no podría saber cuándo estoy volando. La tristeza me hace recordar que estoy vivo. Así que déjate vivirla para comprobar que, en el fondo, estar triste no tiene tanta importancia.

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Tu vida es una perdida de tiempo

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Y lo digo de corazón. En serio. Una verdadera perdida de tiempo. ¿No es genial? Dejarme empezar con una frase de Steve Jobs, que siempre da caché y os explico el porqué de este titular.

“Si vives cada día de tu vida como si fuera el último, algún día tendrás razón”

Esta es una de las sentencias más famosas y compartidas de Steve Jobs, pero siempre me ha dado la sensación de que la frase esconde un significado totalmente opuesto al que comúnmente se le atribuye. Es decir, contrario a esa corriente resultadista de objetivos y metas que triunfa en el fast business de hoy en día. Piénsalo por un momento. Podría decir que si sólo te dedicas a tus objetivos, acabarás perdiéndote la vida.

Porque la vida, por mucho que algunos se empeñen, no se rige por frases motivadoras, ni por estrategias de coaching, ni por balances económicos ni, por supuesto, por horas trabajadas. La vida es otra cosa. La vida va de dedicarse con ganas a todas aquellas actividades que, para muchos, constituyen una verdadera perdida de tiempo, como enamorarse, llorar, equivocarse o perdonar, por poner algunos ejemplos. Creo que hay más vida en un viernes de pizza y serie con tu familia que en cualquier multicall con los ejecutivos más importantes del planeta. Necesitamos “perder el tiempo” con lo que realmente nos trasmite sentimientos duraderos, como mirar un amanecer, dormir la siesta con tu perro, meditar, ver las siete temporadas de Lost, hacer ejercicio, cotillear las fotos de las vacaciones del vecino por Facebook o leer este post. Joder, ya sé que podemos comprar zumo de naranja en tetabreak, pero ¿de vez en cuando no es mejor pegarse los dedos exprimiendo fruta aunque tardes dos minutos más? Lo que  Platón llamaba contemplatio o contemplación, y que quizás hoy vemos con malos ojos porque lo asociamos a poca productividad, pero que significa “admirar algo y pensar en ello”. Es decir, que lejos de ser una actividad inútil, es lo que da sentido al acto práctico, ya que nos obliga a descubrir el verdadero propósito de las cosas.

Vaya, quizás me he puesto demasiado filosófico. Aterricemos un poco. El otro día me enteré que un formador de directivos afirmaba que sólo el 10% de cada libro nos ofrece información que necesitamos, por lo que subcontrataba gente que leía por él y le pasaba un resumen de ese 10%. Pongamos que tiene razón y sólo un 10% de cualquier libro nos vale para comprender la trama de una novela, la tesis de un ensayo o el mensaje en sí del autor. ¿Y qué? Lo verdaderamente divertido está en el 90% restante. Perder el tiempo leyendo, escuchando música, viendo cine o disfrutando de cualquier actividad cultural es quizás la mejor forma de pasar nuestras horas en este mundo, a excepción de crear. La creación es la perdida de tiempo más enriquecedora que existe, porque conlleva experimentación y conocimiento de nosotros mismos. Y eso es algo que no se consigue con horarios de trabajo ni planes de productividad. Se consigue contemplando la vida. Ni más ni menos.

¿Significa eso que no debemos trabajar? NO. Todo lo contrario. Significa que debemos convertir el trabajo en nuestra creación más apasionada, dejarnos influir por todo aquello que podamos absorber de la vida y plasmarlo en pequeños éxitos cotidianos que permitan irnos a la cama contentos. Dedicar atención a los pequeños detalles, perder el tiempo en aprender de los mejores y enseñar a los que tenemos alrededor y nunca tener miedo a fracasar.

Si no pierdes el tiempo, te perderás la vida.

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Nuestro tren…

No sé la de horas de mi vida que habré pasado en un Cercanías. Ya con 15 años lo cogía para escaparme al centro a comprar comics. Al terminar el instituto, me llevó a Cantoblanco a realizar los exámenes de Selectividad. El largo verano de 2001, con 18 años, lo pasé viajando hasta Principe Pío para trabajar en el Parque de Atracciones. En sus vagones leí innumerables libros, y estudié más de un examen, durante los cinco años de Universidad en los que diariamente viajaba de Tres Cantos a Nuevos Ministerios. Y sobre todo, siempre supe que para ir a ver a mi abuela tenía que ir hasta Atocha, al final de mi línea.

Para los que no soláis coger un tren, os diré que se convierte en algo inherente a tu vida. Cuando tienes que usar un tren todos los días para desplazarte, adaptas toda tu rutina a su horario e intentas maximizar tu tiempo allí: llegas justo cuando viene, te subes siempre a la misma hora, con más o menos la misma gente a la que ves todos los días aunque nunca os digáis nada. Lees, escuchas música, estudias… pero nada es aleatorio. Sabes el tiempo que tienes, media hora, tres cuartos, y dejas tareas pendientes para aprovechar ese tiempo. Todo está calculado al segundo, porque si te retrasas un minuto quizás pierdas tu tren, quizás tengas que esperar media hora al siguiente y al final llegues a casa una hora más tarde de lo previsto. El tren se convierte en “mi” tren.

Y de repente, un 11 de marzo de 2004, algo saltó por los aires.

De aquel día recuerdo las llamadas de nuestros familiares de fuera de Madrid, de las líneas colapsadas, de la frustración de pensar que mi abuela vivía a pocas calles de allí. De pensar que podría haber sido ella, o mi madre, o mi hermano o cualquiera quien hubiera estado aquel día allí.

Algunos días después volví a coger el tren. Y sentí miedo. Todo el mundo tenía miedo. Desde Tres Cantos soldados con metralletas del Goloso estuvieron paseando por los vagones durante meses. Las noticias sobre mochilas bomba y explosiones coordinadas me hacían ver aquellos vagones de forma totalmente diferente. Pensar que alguien puede traer tanto odio y dolor desde tan lejos. Pensar que tu vida podía depender de una simple coincidencia de horarios…

Tardé un mes en volver a Atocha, pero tenía que verlo. Todo parecía normal, pero nada era normal. La gente salía aliviada de los vagones, sin mirar a los lados. En el aire flotaba una tristeza que te encogía el alma. Y en el vestíbulo, las velas… cientos de velas, mensajes, oraciones… Era imposible pasar por allí sin echarse a llorar. Nos habían quitado tanto…

Aquel día saque esta foto. No podemos olvidar el 11M. Por ellos y por nosotros. No podemos dejar que nadie nos arrebate lo que es nuestro. Y no hablo de política, de guerras, de terrorismo…

Hablo de coger un puto tren todos los días.

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Enhorabuena, eres un pringado…

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Arranca el 2014, y como todos los principios de año, es fácilmente visible en los ojos de la gente una ilusión por reinventarse. Como si, el simple cambio de dígito en el calendario cada 12 meses diera poder para redimirse, para borrar los errores, para dejar atrás lo malo y empezar de nuevo, para lograr esas metas que siempre aparcamos por falta de tiempo.

Bueno, hay una gran falacia en esta ilusión. El que es gilipollas va a seguir siendo un gilipollas, sea 31 de diciembre o 1 de enero. Y si realmente es consciente de que es gillipollas y está esperando a estar en un nuevo año para dejar de serlo, es que es doblemente gilipollas por estar fastidiando a los demás en vez de cambiar ahora mismo. Y lo mismo vale para el resto: un nuevo año no va a borrar que hicieras daño a alguien, esa persona seguirá jodida por mucho que tú quieras empezar de nuevo; no va a provocar que una situación cambie, así que no esperes que tu matrimonio de repente se reconduzca; no va a darte mas tiempo para realizar el sueño de tu vida, seguirás con el mismo tiempo y seguramente con las mismas pocas ganas… Es decir, por mucho chute de optimismo, tenemos las mismas posibilidades de cambiar que en cualquier día y momento del año.

Sí, he dicho las mismas posibilidades de cambiar. Sí, puedes cambiar, pero depende de ti, de que renuncies a cosas, de que perdones otras, de que, en definitiva, cambies. No que cambie el año, que cambies tú.

Pero volvamos al principio. Acaba de empezar el año y nos sentimos optimistas sin razón aparente. Y eso nos lleva a una conclusión peor: somos especiales. No el vecino, no tu compi de trabajo, no tu hermano, sólo tú. 2014 es tu año. Viajarás, serás emprendedor, te convertirás en tu propio jefe, ganarás mucho dinero, la gente te admirará, tu padre por fin te dirá lo orgulloso que está de ti y con suerte harán una película de tu vida con Will Smith de protagonista.

La realidad es que no pasará nada de eso, ni falta que hace. Seguirás siendo el ser humano imperfecto, dubitativo, inseguro, injusto y glotón de siempre. ¿Y qué? Así es el 100% de la humanidad, a pesar de lo que te digan los anuncios de colonias. No somos especiales. Y si para sentirte bien necesitas creerlo, te harás daño cada vez que te topes con la realidad, o aún peor, te engañarás a ti mismo y no serás capaz de reconocer tus errores ni disfrutar de las virtudes de los demás. Creerte especial es como disfrazar al ego con un traje de Superman tan grande que te impide ver lo que tienes delante.

Es más, no ser especial es lo mejor que te puede pasar en la vida. Te lo digo yo. Es un campo inimaginable de oportunidades. En la primera temporada de Mad Men, Don Draper descubre precisamente eso cuando está pensando en cómo vender una marca de tabaco. Analizando a su competencia, se da cuenta de que, en realidad, todos vendían el mismo producto, ninguno era más especial que los otros: se cultivaban igual, se fabricaban igual, se consumían igual y se vendían igual. La gran ventaja es que podía destacar de todo ese proceso la característica que más le gustase, y hacerla suya a pesar de que el resto también la tuviese. “It´s toasted” fue el lema de Lucky Strike. A pesar de que todas las marcas tenían en sus fábricas máquinas de tostado, sólo Lucky presumió de ello.

Si todo esto lo único que te está dando es ganas de fumar, deja de leer y ponte un parche de nicotina. Fumar no sólo mata sino que es adictivo, a pesar de que creas que por ser año nuevo dejar de fumar va a ser más fácil. Pero quizás no tienes puesto el disfraz de Superman y has entendido a Don Draper. Quizás vas a coger aquello que, como tú, mucha gente sabe hacer y vas a darle valor hasta convertirlo en una de tus señas de identidad. Como cuando piensas en tu abuela y su deliciosa tortilla de patatas. O la maratón que corriste el año pasado. O en grupo de teatro aficionado. Y quizás encuentres que hay gente que lo hace mejor y te dediques a aprender de ellos para mejorar, y eso te llevará luego a compartir tu experiencia con otros. Y quizás, de esta manera, encuentres un lugar en el mundo en el que eres valorado , querido y admirado precisamente por no ser nada especial. No te esfuerces por hacerlo diferente, esfuérzate por hacerlo bien.

Enhorabuena, acabas de descubrir que eres un tío corriente, una persona normal, un pringado. Así que ya no tienes excusas para convertirte en el pringado más feliz de la historia.

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Ser dinosaurio no fue un error

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Estaba yo con el típico síndrome de la pantalla en blanco cuando me he topado, cual mandamiento divino, con la siguiente frase en una de esas imágenes instagrameadas con quotes supuestamente aleccionadoras que cada día pueblan las redes sociales:

O te distingues, o te extingues.

Y me ha dado por pensar si realmente esa frase expresa una realidad o simplemente ‘distingues’ rima de puta madre con ‘extingues’ y ya está.

Lo que es seguro es que hace 160 millones de años este mantra no valía para nada. Que se lo digan, si no, a los dinosaurios. Bichos excepcionales, de capacidades asombrosas y aspecto más trash que Alaska recién levantada, y que sin embargo no fueron capaces de sobrevivir a la caída de un meteorito gigante ni a la expansión de los mamiferos, más simplones pero mejor preparados a los cambios. Por tanto, en esta época quizás tendría más sentido un:

O te adaptas, o te extingues.

Pues sí, porque de estos mamíferos ya había una rama de la que saldrían los homínidos, familia que el género humano tiene el gusto de compartir con primates y gorilas. Pero en esta epopeya de la evolución, muchas especies homo se quedaron atrás, la última hace nada, hace unos 28.000 años, cuando se extinguió el último homo neanderthalensis después de 5000 años de coexistencia con el homo sapiens (sí, esos somos nosotros). ¿Las razones? Bueno, parece que no fue por su capacidad de adaptación, ya que estaban preparados para el frío extremo de las glaciaciones . Tampoco eran menos inteligentes, porque su cerebro era igual o más grande al de los seres modernos. Pero eran diez veces menos numerosos, y ya se sabe lo que es capaz el ser humano cuando el hambre aprieta o hay partido de fútbol. Así que, de nuevo, de nada les sirvió distinguirse y todavía menos adaptarse. Es más, ganó el homo más común. El mantra volvió a cambiar:

O eres de los nuestros, o te extingues.

Vale, y llegamos a la época de las civilizaciones, la de los últimos 4000 años, cuando ya se nos ha caído el pelo de los hombros y dejamos de confundir al orangután con nuestra suegra. Una época caracterizada básicamente en la obsesión por dividir todo lo que veíamos. Primero empezamos con los dioses, claro, cada uno el suyo. Luego salimos de las cuevas y empezamos a poner vallas para dividir la tierra: que si este terreno para mí, que si este pueblo es mío, que si ahora formamos esta nación, que ahora nosotros somos un imperio… Claro, con tanta división, algunos se llevaban más que otros, y la solución fue dividirnos en clases, que más o menos son las que hay ahora: los pobres (la mayoría), los ricos (los que menos) y los pringaos (el resto).  Por resumir: al final todo provocaba disputas. Que si este trozo de tierra que he descubierto pertenece a mi corona, que si tu Dios es más chungo que el mío, que si tú me debes vasallaje… ¿cómo se arreglaban esas diferencias de opinión? Pues a tortas. Para partir la pana había que partir cabezas, y de ahí que la Historia sea una procesión de guerras hasta bien entrado el siglo XX en las que tener las mejores armas prevalecía a tener más colegas. Y si alguien se atrevía a distinguirse poniendo en duda alguna cuestión, tipo la Tierra no es el centro del Universo o la exclavitud es una mierda, pues matarile y a otra cosa.  Aquí el mantra era:

O le atizas, o te extingues.

Y llegamos a la actualidad. Una época más tolerante, en la que, si bien Galileo no sería nunca condenado a muerte por sus teorías heliocentristas, seguramente tendría menos followers en twitter que Lady Gaga. Es decir, ¿realmente valoramos a la gente que hace o dice cosas excepcionales? ¿Vivimos en un sistema que distingue y premia la calidad? En 2007 uno de los mejores violinistas del mundo, Joshua Bell, se plantó en el metro de Nueva York con un Stradivarius “Gibson ex Huberman” y tocó durante 43 minutos. Muy pocos se acercaron  y nadie le reconoció.

En unos tiempos en los que la lengua de Cyrus capta más atención que el trabajo de un astronauta en la Estación Espacial Internacional, realmente dudo que distinguirse, entendiendo el termino como sobresalir por tu esfuerzo en algo, sea sinónimo de reconocimiento. Más bien creo que todo lo que valía antes sigue estando vigente a través del oportunismo, el amiguismo y la falta de ética. Coger estos atajos te pueden convertir en un líder político, en cantante de éxito, en director creativo o en lo que aspires. Pero no por ello lo serás de verdad. El respeto es algo que se gana con trabajo y tiempo, y al final tiene su recompensa, aunque sólo sea por haber sido siempre una buena persona. Es otra clase de triunfo, lo sé, pero vale la pena.

No sé quién se acordará de Lady Gaga dentro de 160 millones de años, pero Galileo siempre será recordado como el padre de la astronomía. Y, seamos sinceros, ¿a quién no le gusta Jurassic Park?

Porque a veces extinguirse no es lo peor que te puede pasar.

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El infierno somos todos

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Decía Nicholas Carr en su blog, coincidiendo con el usuario mil millones de Facebook hace un año, que si el cielo se caracterizaba por la ausencia de eventos y la no existencia de noticias, como cantaba David Byrne, el infierno debía ser exactamente lo contrario, el lugar donde siempre está pasando algo. Y concluía que, por consiguiente, “la gran empresa de nuestro tiempo era la construcción del infierno en la Tierra”.

Estamos rodeados de ruido que nos llega a través de pantallas: el ordenador, la tablet, las redes sociales, el móvil, la televisión… ¿Cuándo fue la última vez que estuviste leyendo un libro durante una hora o dos sin ser interrumpido, por ejemplo, por un whatsapp? Y no sólo nos llegan sino que nos hemos acostumbrado a recoger toda esa información diaria y asimilarla, de tal forma que nos han hecho dependientes de la información instantánea. Una dependencia que algunos llama FOMO (fear of missing out), o miedo a perderse algo. Tenemos tantas opciones y estamos tan conectados que nuestras expectativas aumentan al mismo ritmo que nuestra frustración por no llegar a hacer todo lo que vemos que hace nuestro círculo de amigos.

En definitiva, menos capacidad de concentración, más sentimiento de culpa y una idealización de la vida de los demás sin ningún fundamento. Sí, podría ser un infierno bastante bueno. Reconozco que a mí me ha pasado. Antes solía leer todas las noches y devoraba libros con más facilidad. Ahora en cuanto se cruza una conversación por whatsapp o miro el correo se me pasa el tiempo irremediablemente. Si estoy en casa o en el trabajo y abro facebook, me encuentro con una cantidad de fotos geniales subidas por amigos a los que nunca se les ve pasándolo mal y tienen planes en sitios estupendos. Y me siento estúpido, claro. Sin hablar de esa sensación de tener que compartirlo todo, que a veces te impide disfrutar del momento.

Pero, como en todo, hay que saber contextualizar. Los avances tecnológicos suelen implicar cambios en nuestra forma de pensar. Antes de inventarse el reloj, la percepción del tiempo era muy diferente, por ejemplo. Supongo que cuando aparecieron los relojes de mano, muchos tendrían la impresión de estar perdiendo el tiempo al ver cómo pasaban las manijas inexorablemente. Mirarían constantemente a su muñeca y se estresarían. Pero creo que hoy nadie duda en lo útil que es medir el tiempo y tampoco nos resulta difícil vivir sin reloj. O al menos no nos crea ansiedad.

Manfred Spitzer dice en Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011) que “algunos estudios demuestran que el cerebro crece justo allí donde se utiliza. Y el enunciado al revés es también válido”. Es decir, Internet nos está potenciando ciertas habilidades que antes no trabajábamos, como la multitarea, por ejemplo. También consigue que seamos la generación más informada y que más lee de la historia. Vale, otra cosa es la calidad de lo leído. Como diría Juan Torres “leer es un verbo transitivo: contra lo que muchos se empeñan en hacernos creer, la lectura en sí misma no proporciona sabiduría. Si así fuera, el millón largo de lectores diarios del Marca serían candidatos al Nobel”. Pero ahí queda.

De igual forma hemos dejado de entrenar otros aspectos, como la capacidad de atención, la contemplación… Precisamente por eso técnicas como el reiki o el yoga están tan demandadas hoy en día. Falta un consenso de cuándo deberían los niños empezar a usar esta tecnología, cómo optimizarla para ser más productivos o cómo separar el ruido de lo realmente interesante. Pero el salto adelante que hemos conseguido en materias de conocimiento, trasparencia y proyección de nuestras aptitudes es innegable. Además, tenemos más consciencia de lo que es nuestra vida, aunque sólo sea por el tiempo que dedicamos a maquillarla en Internet para que parezca mucho mejor. Yo creo que, algún día, las redes sociales servirán también comunicar lo realmente crucial, aunque sea malo, sabremos encontrar un equilibrio en las comunicaciones, y crearemos formas de entrenar la concentración y la atención.

No olvidéis que el infierno está lleno de buenas intenciones y el cielo de buenas obras.

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Donde la inspiración te lleve…

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Decía Picasso que “la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”. Muchos escritores confiesan que tienen unos hábitos de trabajo espartanos, muy parecidos a los de un trabajador cualquiera: se sientan en la silla a las 9 y se levantan a las 7, obligándose a escribir sí o sí durante ese periodo. La verdad es que nunca me lo he creído. Cuando se trata de escribir, encontrarte frente a una hoja blanca justo cuando tienes una gran idea ayuda a que no se te olvide, pero nada más. Obligarte a escribir es la mejor forma de que acabes odiando la escritura, para parir algo mediocre. Y lo mismo sirve para el resto de artes, o para los negocios. La inspiración es caprichosa y desordenada, y para servirte de ella debes jugar con sus propias reglas.

Regla nº1: Sé tu propia inspiración.

Toda obra creativa, desde un edificio a una empresa, pasando por un libro o una escultura, refleja gran parte de tu vida, de lo que eres. Por tanto, ser bueno, ser honesto y ser auténtico van a ayudar a tu inspiración a ser mejor. También ser un poco egoísta. Vamos a reconocerlo. Casi todos los grandes creadores de la historia han sido unos egoístas de mierda. Eso es así. Gente tan convencida de que lo que eran y pensaban era genial. Y por eso nunca iban en contra de lo que, en esencia, inspiraban. Quevedo era tan altanero como sus versos y hacía daño tanto con su espada como con sus rimas. Lennon se tomo tan en serio lo del “all you need is love” que dejó The Beatles por Yoko Ono. Sé auténtico y encontrarás la verdadera inspiración que necesitas, o sé un falso y sólo crearas amargura por vivir bajo una máscara.

Regla nº2: Sé sociable.

Estar encerrado en una habitación diez horas al día no va a ayudarte a crear una obra maestra. Aunque pocos lo reconozcan, las grandes ideas son fruto de la aportación de muchas personas que, en un momento dado, la inspiración une para ti. Steve Jobs imaginó Apple gracias a que Steve Wozniak inventó el ordenador personal. Stallone escribió el guión de Rocky después de presenciar un combate entre Muhammad Ali y Chuck Wepner. No se trata de conseguir muchos amigos, se trata de recibir muchas influencias. Y para eso hay que leer, ir al cine, ver arte, viajar… sociabilizarse con la obra de aquellos que ya han hecho grandes cosas o las están haciendo, recoger su legado y transformarlo.

Regla nº3: equivócate.

Antes que escribir, crear o inventar, es necesario vivir. Y la vida es, fundamentalmente, un viaje a ninguna parte donde aprendemos a conocernos mejor y a conformar criterios propios. Y en ese viaje, equivocarse es fundamental, al igual que lo es en el proceso de crear. Equivocarse implica que te has atrevido con algo, que has dado el primer paso. Luego vendrá corregirlo, perfeccionarlo, hacerlo mejor mientras te haces mejor (ver regla número 1).

Regla nº4: desordénate.

En muchas empresas tecnológicas, sueles ver a los ingenieros trabajar en cualquier lugar con su portátil. Muchos escritores escondidos tras montañas de libros. Esta regla no va gustar a la gente con la que vivas, pero es necesario moverse en busca de estímulos, es necesario crear tu propio espacio para desordenarlo, es necesario tener un horario para  romperlo constantemente. Porque así surgen las grandes ideas, después de pasar por la batidora todo lo que teníamos establecido en la cabeza. La inspiración no entiende de fichar, ni mide la productividad en horas. Arriésgate a bajar a esa cafetería y escribir en una libreta. Prepárate para que las mejores ideas se te ocurran mientras viajas en metro o te duchas. Así, cuando te venga la inspiración, te pillará trabajando, como diría Picasso.

Regla nº5: olvídate de estas reglas.

La inspiración no se puede circunscribir a unas reglas. Se puede ser creativo haciendo una foto familiar, poniendo la mesa o cortándole el pelo al gato. Simplemente es tener la ambición de querer expresar lo que eres en cada cosa que hagas. De esta forma, verás que tú mismo vas convirtiéndote en aquello que deseas ver a tu alrededor.

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Todos los algoritmos llevan a ti

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En Internet no existen las casualidades. No existe serendipity.

Si realizas una búsqueda en Google, los resultados serán los más relevantes para ti en función de dónde vives, los años que tengas, tu historial en la Red o tus compras online.

Si entras en Facebook, en tu feed de noticias verás actualizaciones de la gente más cercana a ti, y con la que tienes más interacción. Verás más anuncios de marcas relacionadas con tus intereses o con personajes de los que eres fan. Te llegarán sugerencias de amistad de personas con las que compartes muchos amigos, y seguramente conozcas en la vida real.

Y no es casual. La culpa es de los algoritmos.

Un algoritmo es la fórmula matemática que selecciona para ti lo más relevante, que te ayuda filtrar entre billones de contenidos lo que tú quieres o necesitas saber. En palabras de Larry Page y Sergey Brin, cofundadores de Google y creadores del famoso algoritmo PageRank, es “un método para valorar las páginas web de forma objetiva y mecánica, midiendo de forma efectiva la atención e interés humanos dirigidos hacia cada página”. Es la fórmula mágica que consigue que mi experiencia navegando sea diferente a la tuya aunque entremos en los mismos sitios.

Por si te lo estás preguntando, no, este blog no tiene algoritmo. Si entras directamente a él verás lo mismo que cualquiera. Pero si entras desde cualquier buscador, agregador de noticias, red social o lista de correo, llegarás primero al post que más tenga que ver con tus inquietudes.

Espera, volvamos atrás. Como digo, todas las redes sociales y plataformas de contenidos, desde webs de contactos a periódicos online, tienen un algoritmo que dispone lo que es más relevante para ti. Y para encontrar la relevancia, suelen valorar el interés que suscita un contenido, ya sea por las visitas que consigue, los likes, las veces que se comparte o la interacción. Y por supuesto, también por tu historial de navegación, que queda recogido en unos archivos llamados cookies que no se parecen en nada a lo que merendaba el monstruo de las galletas. La suma entre lo que le gusta a la gente y lo que te gusta a ti ayuda al algoritmo a que veas lo que quieres ver. En otro post escribiré sobre el lado malo de esto, pero ahora quiero preguntar algo…

¿Y si eso pasara en la vida real?

Piénsalo. ¿Es casual que tus amistades practiquen en mismo deporte que tú, o será que sois amigos por tener aficiones en común? ¿De entre todas las mujeres del mundo tu media naranja ha vivido siempre a dos manzanas de ti, o es que vivir en la misma comunidad os hace tener los mismos valores como pareja? ¿Es casualidad que hayas encontrado trabajo por recomendación de un amigo que, casualmente trabaja en tu mismo sector? ¿Es casualidad que tus últimas tres exnovias se parezcan entre sí? El mundo está lleno de conexiones invisibles a las que solemos llamar casualidades y que, por lo general, no nos gusta analizar sus orígenes.

Vale, pero… ¿Y qué hay de esa gente que constantemente se queja de su mala suerte? ¿Esas personas que eligen siempre a la pareja equivocada? ¿Que duran poquísimo en sus trabajos? ¿Que siempre tienen algo que hacer que les impide realizar sus sueños? ¿Su algoritmo anda equivocado?

Algo parecido debió pensar Amy Webb, una joven judía en la treintena que harta de fracasar en sus relaciones, se registró en una página de citas esperando que el algoritmo digital actuara para ella de forma más precisa que el vital. Lo que le sucedió lo cuenta ella en una charla TEDx que no debéis perdeos. Amy se da cuenta, una vez comprueba que las recomendaciones de la web de citas no se ajustan a lo que ella quiere y las citas vuelven a ser un fracaso, que en realidad el algoritmo funciona perfectamente… en base a la información que ella estaba dando.

Efectivamente, ¿cuántos de nosotros somos verdaderamente honestos cuando conocemos a una persona? ¿O en una entrevista de trabajo? ¿Cuántos de nosotros reconoceríamos en público nuestros gustos si estos no se ajustaran a la moda o la tendencia? ¿O expresaríamos una opinión aún sabiendo que somos los únicos en pensar así? Desde que nos despertamos hasta que nos volvemos a dormir, estamos constantemente enviando y recibiendo información al resto de la gente, tanto de forma verbal como no verbal. Y eso es lo que aportamos a nuestro algoritmo vital, que nos recomienda o nos empuja en direcciones siguiendo nuestros propios parámetros. Si siempre alardeas de lo bien que te va… ¿cómo va a ayudarte la gente si en realidad estás triste? Si siempre dejas que tus amigos decidan por ti, ¿cómo vas a conocer amigos que compartan tus aficiones? Si en tu currículum has exagerado lo que sabes hacer, ¿cómo esperas tener proyección y estabilidad en un trabajo?

Este es mi consejo. No rompas con tu algoritmo, sé sincero con él, mira dentro de ti y aprende a quererte tal como eres. De esta forma la vida te pondrá en primer lugar los resultados que tu quieres.

Como en Google.

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No eres tú, soy yo.

Visto y no visto

Este es un mensaje dedicado a los editores de periódicos, a las agencias de viajes minoristas, a las productoras musicales, a las tiendas al alquiler de DVD, a las cadenas de televisión, a las salas de cine…

No eres tú, soy yo.

En serio. No te lo tomes a mal. Añoro el tacto y el olor del papel mientras repaso las noticias, pero… ¿de qué me sirve saber lo que ha pasado AYER si puedo enterarme de lo que sucede en el mundo en tiempo real? Y no es que tu periódico sea malo. Seguramente imprimas en el mejor papel y tengas en plantilla a los periodistas más preparados de la historia. Pero ya no soy el lector de antes, ya no sé conformarme con una sola visión de la realidad, quiero confrontar lo que dices, leerlo en otros sitios, dar mi punto de vista. Quiero tener la opción de crearme alarmas con las noticias que más me interesan a mí, como hace Google News, y luego compartirlas en Digg o Menéame. Ya no me vale el periódico.

Y sí, reconozco que antes no decía lo mismo. Cuando quería hacer un viaje, acudía a ti, a tu local lleno de fotografías con destinos exóticos y pagaba un poco más por ese billete de avión con tal de que tú me lo dieses en un sobre adornado con tus iniciales. Pero ahora puedo buscar yo el precio más barato en edreams o Skyscanner, y pagar la mitad. Y vale, la pantalla no me regala la sonrisa de tu amable empleada pero ya no me apetece desplazarme simplemente para pedir presupuestos cuando tengo todas las ofertas a un click de distancia.

No quiero que pienses que te engaño. Es verdad que antes no me preocupaba gastarme 20 euros en un CD de 10 canciones de las que sólo me gustaba un par. Y sigo queriendo pagar por la música, pero sólo por la canción que me gusta. Y quiero además que pueda reproducirse en todos los dispositivos que tengo para poder oírla mientras voy en el metro, mientras corro, mientras trabajo o en el coche. Sí, me he vuelto más exigente, pero también escucho más música que nunca gracias a Spotify, last.fm o SoundCloud, y eso hace que conozca a más artistas e invierta más en ir a conciertos. Claro que de eso se beneficia el artista, que recibe más dinero por su trabajo que antes, ¿no?

Oye, que no lo digo por discutir, pero no creo que te cuente nada que no sepas. Mira los videoclubs. ¿Te acuerdas de Blockbuster? Era la cadena de alquiler de películas y videojuegos más grande del mundo, con más de cuatro mil tiendas sólo en Estados Unidos. En 2010 quebró después de una lenta agonía cuando ya sólo contaba con escasamente 500 tiendas, incapaz de competir con las empresas de venta de películas y series por streaming como Netflix.

Y es que si pagando una cuota semanal puedo ver los programas y películas que más me gustan y a la hora que quiera, sin tener que aguantar esas odiosas interrupciones de los anuncios… ¿por qué voy a tener que conformarme con la televisión? ¿Por qué voy a conformarme con dominar el mando a distancia si puedo dominar el tiempo y la calidad de lo que veo?

Lo sabía. Sabía que ibas a apelar a la nostalgia. A la magia de ir al cine con una chica, invitarla a palomitas y cogerla de la mano mientras vemos la película. A la magia de ver Los Simpson en familia, cenando pizza en el salón de casa con el pequeño Bobby tirado en el sofá junto a nuestro Golden color canela.  Pues te voy a decir un secreto. El precio del cine ha subido un 48% en los últimos cinco años. Lo que antes era un entretenimiento ahora es un lujo que vale de media 7,08 euros la entrada. Si además le sumas las palomitas el resultado es que nunca tendré dinero para irme a vivir con esa chica, y mucho menos para tener al pequeño Bobby o alimentar a ese cabrón de Golden que me ensucia siempre el sofá cuando se sube. Ya no te cuento lo de pedir una pizza, que además me sale más barata si la encargo por Internet.

Sé que es una putada, pero lo cierto es que tengo más acceso a información, cultura y entretenimiento por Internet que a través de vosotros, los antiguos intermediarios. Si me quedara con vosotros sabría menos de lo que pasa en el mundo, viajaría una vez al año, escucharía menos música y vería menos cine y series que nunca. Sería, por tanto, más inculto.

Y yo no quiero eso para mí.

No te hagas sangre. No eres tú, soy yo.

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Cinco cosas que necesito decirte…

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No quiero presionarte, ni tampoco que te agobies, pero… ¿has visto lo rápido que va el mundo hoy? Cada día hay nuevas profesiones, nuevos términos, nuevos descubrimientos, nuevas modas… en definitiva nuevo conocimiento aparece, difunde, muta e incluso se queda obsoleto en un abrir y cerrar de ojos. Muchas veces no nos da tiempo a asimilar los nuevos conceptos ni a aplicar las nuevas ideas. Vivimos rodeados de demasiado ruido, como un radioyente que no puede permitirse el lujo de pensar en la última estrofa de la canción que acaba de oír si no quiere perderse la siguiente. Pero que no haya tecla de pausa no puede ser una excusa para quedarnos quietos o bailar sin sentido. Internet nos ofrece, por primera vez en la historia, ser protagonistas. Sí, protagonistas, no usuarios, no consumidores, no simples números en una estadística. Protagonistas en la creación, conexión, selección, conversación y difusión de lo que queremos hacer, conocer, ver, oír y sentir cada minuto de nuestras vidas. De eso se trata Internet. De poder elegir. Y esos cinco verbos son el eje fundamental de las nuevas reglas de juego que Internet y su filosofía están imponiendo en el mundo.

¿Trabajas en comunicación, marketing, publicidad, turismo o desarrollo de productos? Esto te interesa.

¿Trabajas de comercial, tienes una tienda o simplemente repartes hamburguesas en un fast food? Esto te interesa.

¿Eres funcionario, o emprendedor, o asalariado o todo a la vez? Esto te interesa.

Porque cuanto antes asumas el cambio, mejor. Este es mi consejo:

Crea. Cada minuto se suben 100 horas de video a YouTube. Cada día se hacen 40 millones de fotos con Instagram. Cada 3 días se producen más de mil millones de tweets. ¿Por qué conformarse con entrar al museo y observar los cuadros si puedes pintar el tuyo y ponerlo en la pared? Trabajes en lo que trabajes, te guste lo que te guste, seguro que hay gente interesada en lo que haces. Y cuánto más crees, más afianzaras tu personalidad, tu lenguaje, tu estilo… en otras palabras: más te conocerás a ti mismo y serás capaz de proyectar una imagen solida hacia los demás.

Conecta. Vivíamos en una sociedad de conocimiento aislado, que nos obligaba a dar por bueno lo más cercano, lo más accesible a nosotros, pero no necesariamente lo mejor o lo más veraz. De este modo, era muy fácil creer que nuestro periódico era el que decía la verdad, que nuestro mecánico era el más barato de toda España o que el bar de la esquina preparaba el auténtico mojito de Cuba. Pero llegó Internet con el arma más poderosa que se haya inventado: los links. Y el conocimiento empezó a conectar. ¿No sabes de algo? No te lo inventes, búscalo y linkalo. Y esas conexiones te llevarán a nuevo conocimiento, nuevas formas de hacer las cosas y, quién sabe, al trabajo de tu vida. Y no sólo conecta el conocimiento, también las personas. Sigue a tus compañeros de universidad, de trabajo, a las personas que más te inspiren o de las que quieras aprender algo. La posibilidad está ahí, simplemente tienes que conectar.

Selecciona. En el mundo del marketing existe un término para definir el trabajo de filtrar toda la información que nos llega y seleccionar sólo la más relevante para nosotros. Se llama “content curation” o curación de contenido. Y creo que es un proceso fundamental que debes aprender y aplicar en tu vida  si no quieres ahogarte entre tantas opciones. Selecciona lo que más te interese, lo que más te valga o lo que más feliz te haga y filtra el resto. Pero ¡ojo! No pongas un filtro demasiado fuerte porque corres el riesgo de perderte información que puede serte útil o que necesitas saber. Lo que Eli Pariser llama el filtro Bubble. Tanto si se trata de las noticias, del trabajo, de tu pareja o de tus hijos, quédate siempre lo mejor sin poner vendas a lo malo.

Conversa. Las redes sociales, los blogs, los chats, los foros o los servicios de mensajería instantánea son esencialmente herramientas de conversación. Y esto significa que se acabaron los mensajes unidireccionales. Si no te gusta algo, puedes decirlo. Si quieres preguntar algo, puedes hacerlo. Pero al igual que esperas ser escuchado, ten en cuenta que hay otros que tendrán opiniones diferentes y querrán exponerlas. ¿No es eso el fundamento de una democracia? Tan importante y sano como crear es mantener los oídos abiertos. Así que si un cliente critica tu negocio, o un consumidor no le gusta tu producto, aprovecha y conversa con él. Quizás tenga razón y puedas mejorar. O quizás esté equivocado y puedas hacérselo ver. Hace muy poco una mujer renunció a su trabajo a través un video en YouTube (consiguiendo más de 13 millones de visualizaciones) y su jefe la contestó, con mucho humor, con otro video. Y no pasa nada.

Comparte. Si hay una opción por antonomasia en cualquier aplicación, servicio o red social es la de “compartir”. Internet nos enseña la utilidad de salir del anonimato y compartir lo mejor de nosotros mismos. Y no sólo lo nuestro, sino lo más interesante, lo más significativo, lo que encontremos de más valor para nosotros y para los demás. ¿Y si aplicásemos esto a nuestras vidas? ¿Y si, nada más terminar de ver una película, se la recomendaras a esa persona que sabes que le iba a encantar? ¿Y si compartieras esa oportunidad de trabajo en tu empresa con ese amigo de un amigo de tu primo que conociste una vez pero que sabes que seria genial para el puesto? ¿Y si eso mismo lo hicieran contigo? Comparte. Abrirás nuevas ventanas y serás recompensado con aire fresco.

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