El derecho a estar tristes

En su maravilloso espectáculo Inflammation du verbe vivre, Wajdi Mouawad se transforma en un director de teatro que no ve otro camino que morir para volver a encontrar el sentido a vivir. Como un Filoctetes herido y perdido en un lugar que ya no reconoce, se atreve  decir que la sociedad moderna ha dejado de soñar a lo grande, porque ya sólo se conforma con bagatelas. Hemos renunciado a dejar huella en este mundo por objetivos más a corto plazo, como un iphone o un contrato indefinido. Y no es suficiente. En otra escena, Mouawad pone voz a jóvenes que, en medio de una fiesta, entre alcohol, drogas y sexo, se sienten existencialmente muertos.

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Yo no creo que el hombre del siglo XXI haya dejado de soñar. Creo que, hoy más que nunca, el ser humano está preparado para afrontar cualquier tipo de situación, educado para creer ilimitadamente en sí mismo. Porque hoy tenemos derecho a ser lo que creamos sentir, derecho a romper y comenzar de nuevo, derecho a buscar nuestra propia felicidad. Sólo hay una cosa a la que aún no tenemos derecho.

A estar tristes.

Y eso es lo que le pasa al alter ego de Mouawad y al hombre moderno. Se siente mal por estar triste. Escapa de la tristeza. Porque en nuestra sociedad no está permitido no ser feliz. No se puede, está mal. Y no, no me refiero a la tristeza de echar unas lágrimas porque nuestra selección ha sido eliminada o porque una canción te recuerda a tu ex. Me refiero a la tristeza de verdad. La que duele. La que te paraliza. ¿Te acuerdas de ella? Es como si tu corazón se rompiera como un folio o como si un elefante se sentara en tu alma. Es el desaliento.

Pero no podemos estar así. No nos dejan. Mirad vuestro whatsapp. La primera cara triste aparece después de 38 emoticonos alegres, despreocupados, iracundos o aburridos. La  sociedad ha creado todo tipo de situaciones para todo tipo de emociones y sentimientos, menos para ese. ¿En el trabajo? Hay que estar concentrados. ¿En una fiesta? Eufóricos. ¿Con tu pareja? Enamorado. ¿Con tus hijos? Optimista. La primavera la sangre altera. En verano todos a hacer fotos en la playa. El invierno a comprar para ser más felices. Y quizás en otoño permítete algo de melancolía, pero poca, que nos lo estamos cargando con el cambio climático. ¿Estás triste? Debería darte vergüenza, porque vives en el primer mundo, eres un privilegiado, hay gente pasándolo peor. Además, la vida es un suspiro, hay que aprovecharla al máximo. Hakuna Matata. ¿Y qué pasa cuando planificas un viaje con meses de antelación para disfrutar de parte de esas dos míseros 22 días de vacaciones al año? Pues que hay que estar contento. Sí o sí. Por huevos. Diga lo que diga nuestro cuerpo o nuestra mente. Así que no dejemos de subir fotos a Instagram con los hashtags como #fun #happy o #tengoelcorazoncontento. Y de ensayar la sonrisa perfecta. Esa con la que salgo exactamente igual en mis últimos 2522 selfies con mis amigos. La misma sonrisa. La misma.

Y si no, tenemos opciones. “Voy a ahogar mis penas con alcohol”. O comprando. O encendiendo la tele, para no pensar. Quizás con una pastilla. O algo más fuerte. Cualquier cosa a que me vean triste. Porque ya se sabe, no es educado estar triste. Dan mal rollo, contagian la mala energía, están enfermos. Y yo no soy así. No señor. Yo nunca estoy triste.

Este es el panorama. Nos manejamos por escenarios en los que todos tenemos que sentirnos igual, aunque sabemos que eso es imposible. Pero para mí, estar triste es como la vacuna que te ponen para que el cuerpo aprenda a resistir mejor la enfermedad. La persona que vive la tristeza es precisamente la menos propensa a deprimirse. Y sí, tengo motivos para estar triste. Estoy triste porque a veces me duele el mundo. A veces me duele mi trabajo. O me duelen mis expectativas no cumplidas. Me duele mi pareja. Me duele sentirme de más y sentirme de menos. Me duele ser y me duele no ser.

Porque a veces duele igual avanzar que quedarse quieto.

Pero sin ese dolor, no podría recordarme qué me hace feliz. Sin tocar fondo no podría saber cuándo estoy volando. La tristeza me hace recordar que estoy vivo. Así que déjate vivirla para comprobar que, en el fondo, estar triste no tiene tanta importancia.

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Tu vida es una perdida de tiempo

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Y lo digo de corazón. En serio. Una verdadera perdida de tiempo. ¿No es genial? Dejarme empezar con una frase de Steve Jobs, que siempre da caché y os explico el porqué de este titular.

“Si vives cada día de tu vida como si fuera el último, algún día tendrás razón”

Esta es una de las sentencias más famosas y compartidas de Steve Jobs, pero siempre me ha dado la sensación de que la frase esconde un significado totalmente opuesto al que comúnmente se le atribuye. Es decir, contrario a esa corriente resultadista de objetivos y metas que triunfa en el fast business de hoy en día. Piénsalo por un momento. Podría decir que si sólo te dedicas a tus objetivos, acabarás perdiéndote la vida.

Porque la vida, por mucho que algunos se empeñen, no se rige por frases motivadoras, ni por estrategias de coaching, ni por balances económicos ni, por supuesto, por horas trabajadas. La vida es otra cosa. La vida va de dedicarse con ganas a todas aquellas actividades que, para muchos, constituyen una verdadera perdida de tiempo, como enamorarse, llorar, equivocarse o perdonar, por poner algunos ejemplos. Creo que hay más vida en un viernes de pizza y serie con tu familia que en cualquier multicall con los ejecutivos más importantes del planeta. Necesitamos “perder el tiempo” con lo que realmente nos trasmite sentimientos duraderos, como mirar un amanecer, dormir la siesta con tu perro, meditar, ver las siete temporadas de Lost, hacer ejercicio, cotillear las fotos de las vacaciones del vecino por Facebook o leer este post. Joder, ya sé que podemos comprar zumo de naranja en tetabreak, pero ¿de vez en cuando no es mejor pegarse los dedos exprimiendo fruta aunque tardes dos minutos más? Lo que  Platón llamaba contemplatio o contemplación, y que quizás hoy vemos con malos ojos porque lo asociamos a poca productividad, pero que significa “admirar algo y pensar en ello”. Es decir, que lejos de ser una actividad inútil, es lo que da sentido al acto práctico, ya que nos obliga a descubrir el verdadero propósito de las cosas.

Vaya, quizás me he puesto demasiado filosófico. Aterricemos un poco. El otro día me enteré que un formador de directivos afirmaba que sólo el 10% de cada libro nos ofrece información que necesitamos, por lo que subcontrataba gente que leía por él y le pasaba un resumen de ese 10%. Pongamos que tiene razón y sólo un 10% de cualquier libro nos vale para comprender la trama de una novela, la tesis de un ensayo o el mensaje en sí del autor. ¿Y qué? Lo verdaderamente divertido está en el 90% restante. Perder el tiempo leyendo, escuchando música, viendo cine o disfrutando de cualquier actividad cultural es quizás la mejor forma de pasar nuestras horas en este mundo, a excepción de crear. La creación es la perdida de tiempo más enriquecedora que existe, porque conlleva experimentación y conocimiento de nosotros mismos. Y eso es algo que no se consigue con horarios de trabajo ni planes de productividad. Se consigue contemplando la vida. Ni más ni menos.

¿Significa eso que no debemos trabajar? NO. Todo lo contrario. Significa que debemos convertir el trabajo en nuestra creación más apasionada, dejarnos influir por todo aquello que podamos absorber de la vida y plasmarlo en pequeños éxitos cotidianos que permitan irnos a la cama contentos. Dedicar atención a los pequeños detalles, perder el tiempo en aprender de los mejores y enseñar a los que tenemos alrededor y nunca tener miedo a fracasar.

Si no pierdes el tiempo, te perderás la vida.

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Nuestro tren…

No sé la de horas de mi vida que habré pasado en un Cercanías. Ya con 15 años lo cogía para escaparme al centro a comprar comics. Al terminar el instituto, me llevó a Cantoblanco a realizar los exámenes de Selectividad. El largo verano de 2001, con 18 años, lo pasé viajando hasta Principe Pío para trabajar en el Parque de Atracciones. En sus vagones leí innumerables libros, y estudié más de un examen, durante los cinco años de Universidad en los que diariamente viajaba de Tres Cantos a Nuevos Ministerios. Y sobre todo, siempre supe que para ir a ver a mi abuela tenía que ir hasta Atocha, al final de mi línea.

Para los que no soláis coger un tren, os diré que se convierte en algo inherente a tu vida. Cuando tienes que usar un tren todos los días para desplazarte, adaptas toda tu rutina a su horario e intentas maximizar tu tiempo allí: llegas justo cuando viene, te subes siempre a la misma hora, con más o menos la misma gente a la que ves todos los días aunque nunca os digáis nada. Lees, escuchas música, estudias… pero nada es aleatorio. Sabes el tiempo que tienes, media hora, tres cuartos, y dejas tareas pendientes para aprovechar ese tiempo. Todo está calculado al segundo, porque si te retrasas un minuto quizás pierdas tu tren, quizás tengas que esperar media hora al siguiente y al final llegues a casa una hora más tarde de lo previsto. El tren se convierte en “mi” tren.

Y de repente, un 11 de marzo de 2004, algo saltó por los aires.

De aquel día recuerdo las llamadas de nuestros familiares de fuera de Madrid, de las líneas colapsadas, de la frustración de pensar que mi abuela vivía a pocas calles de allí. De pensar que podría haber sido ella, o mi madre, o mi hermano o cualquiera quien hubiera estado aquel día allí.

Algunos días después volví a coger el tren. Y sentí miedo. Todo el mundo tenía miedo. Desde Tres Cantos soldados con metralletas del Goloso estuvieron paseando por los vagones durante meses. Las noticias sobre mochilas bomba y explosiones coordinadas me hacían ver aquellos vagones de forma totalmente diferente. Pensar que alguien puede traer tanto odio y dolor desde tan lejos. Pensar que tu vida podía depender de una simple coincidencia de horarios…

Tardé un mes en volver a Atocha, pero tenía que verlo. Todo parecía normal, pero nada era normal. La gente salía aliviada de los vagones, sin mirar a los lados. En el aire flotaba una tristeza que te encogía el alma. Y en el vestíbulo, las velas… cientos de velas, mensajes, oraciones… Era imposible pasar por allí sin echarse a llorar. Nos habían quitado tanto…

Aquel día saque esta foto. No podemos olvidar el 11M. Por ellos y por nosotros. No podemos dejar que nadie nos arrebate lo que es nuestro. Y no hablo de política, de guerras, de terrorismo…

Hablo de coger un puto tren todos los días.

11m

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Este muerto está muy vivo

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La música ha muerto. ¡Viva la música!

Bueno, quizás he exagerado un poco. Quizás todos exageramos la crisis del sector musical. Si la gente ya no compra discos, no sé cómo se habrán vendido 60,6 millones de CD`s en Reino Unido en 2013. Sí, un 13% menos que el año pasado, pero siguen siendo muchos CD´s. En España la venta de música en soporte físico cayó un 12,4%, pero aún así suponen todavía más de la mitad (54%) de la cuota de mercado.

Son cifras que van a tender a disminuir año tras año, por supuesto. ¿Por la piratería? Pues a pesar de la opinión del artisteo patrio, la respuesta es: no. Más bien gracias al crecimiento de la oferta de la música digital, que ya acapara el 46% del mercado ya sea  a través de suscripciones, descargas o streaming.

Parece claro que el consumidor de música ha tomado cartas en el asunto, lo que paradójicamente beneficia a ese artisteo que tanto se queja (cada vez menos, eso sí), ya que reduce los múltiples intermediarios que producían un disco a sólo uno, la plataforma tecnológica de turno, o ninguno, si decide subir y comercializar él su contenido. Y además llegan a más gente.

De estos formatos, la pepita de oro es el streaming, con 36 millones de usuarios activos en el mundo, de los cuales 11 son suscriptores de pago en plataformas como Spotify o Deezer. Sólo en Estados Unidos generó un negocio de 571 millones de dólares en 2013, y en España ha pasado del 38% de todo el mercado digital al 55%, según Promusicae. Sin embargo, si la tecnología ha liberado al usuario y al artista de las cadenas de las compañías discográficas, aún no ha conseguido que el streaming sea un negocio lucrativo para las plataformas, que navegan entre dos aguas: los que apuestan por la suscripción y los que apuestan por el brand content y el patrocinio.

Hace bien poco, una startup madrileña, Zuzeen, acelerada el pasado año por Wayra, consiguió una inversión de 1,4 millones de dólares con una idea muy simple: acercar a los artistas a los fans a través de las marcas. Ellos entienden que para que el fan y la marca se interesen por el contenido, el streaming debe ser una experiencia única e interactiva. Como si el propio artista estuviese cantando para ti a través de Skype. Por supuesto, con un contenido tan exclusivo, no es difícil atraer a las marcas.

Zuzeen, ahora transformada en Rushmore, fue una de las startup que intervinieron en el evento organizado por MUWOM para reunir a aquellos emprendedores que quieren cambiar la música a través de la tecnología. Fue un acto con los típicos tópicos de siempre pero también con ideas muy buenas. Yo mismo colaboro en la startup Living Indie, un plataforma de conciertos en streaming live que ha conseguido financiación por parte de Wayra UK el pasado mes de enero. Como a todos, nuestra preocupación es cómo aportar valor a las marcas a través del contenido que podemos generar. Por supuesto no voy a desvelar nuestra fórmula, pero sí quiero apuntar tres vínculos que el sector de la música digital debería potenciar en su relación con las marcas:

  1. La música gusta a todo el mundo. Y las marcas quieren identificarse con la gente, compartir sus gustos. Por eso la música es el elemento de cercanía más natural que existe.
  2. Las marcas quieren estar a la última. Y la tecnología les permite estar a la última, o al menos aparentarlo.
  3. El fan quiere escuchar a su artista, no arruinarse con el artista. Por eso no se molestan si hay marcas detrás pagando la música, a pesar incluso de los aburridos anuncios de Spotify cada dos temas. Excepto modificar el contenido en sí, la canción, la marca tiene en sus manos interactuar como quiera en un territorio ya segmentado por tribus musicales con características muy definidas.

¿Ha muerto la música? La música sigue más viva que nunca.

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Enhorabuena, eres un pringado…

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Arranca el 2014, y como todos los principios de año, es fácilmente visible en los ojos de la gente una ilusión por reinventarse. Como si, el simple cambio de dígito en el calendario cada 12 meses diera poder para redimirse, para borrar los errores, para dejar atrás lo malo y empezar de nuevo, para lograr esas metas que siempre aparcamos por falta de tiempo.

Bueno, hay una gran falacia en esta ilusión. El que es gilipollas va a seguir siendo un gilipollas, sea 31 de diciembre o 1 de enero. Y si realmente es consciente de que es gillipollas y está esperando a estar en un nuevo año para dejar de serlo, es que es doblemente gilipollas por estar fastidiando a los demás en vez de cambiar ahora mismo. Y lo mismo vale para el resto: un nuevo año no va a borrar que hicieras daño a alguien, esa persona seguirá jodida por mucho que tú quieras empezar de nuevo; no va a provocar que una situación cambie, así que no esperes que tu matrimonio de repente se reconduzca; no va a darte mas tiempo para realizar el sueño de tu vida, seguirás con el mismo tiempo y seguramente con las mismas pocas ganas… Es decir, por mucho chute de optimismo, tenemos las mismas posibilidades de cambiar que en cualquier día y momento del año.

Sí, he dicho las mismas posibilidades de cambiar. Sí, puedes cambiar, pero depende de ti, de que renuncies a cosas, de que perdones otras, de que, en definitiva, cambies. No que cambie el año, que cambies tú.

Pero volvamos al principio. Acaba de empezar el año y nos sentimos optimistas sin razón aparente. Y eso nos lleva a una conclusión peor: somos especiales. No el vecino, no tu compi de trabajo, no tu hermano, sólo tú. 2014 es tu año. Viajarás, serás emprendedor, te convertirás en tu propio jefe, ganarás mucho dinero, la gente te admirará, tu padre por fin te dirá lo orgulloso que está de ti y con suerte harán una película de tu vida con Will Smith de protagonista.

La realidad es que no pasará nada de eso, ni falta que hace. Seguirás siendo el ser humano imperfecto, dubitativo, inseguro, injusto y glotón de siempre. ¿Y qué? Así es el 100% de la humanidad, a pesar de lo que te digan los anuncios de colonias. No somos especiales. Y si para sentirte bien necesitas creerlo, te harás daño cada vez que te topes con la realidad, o aún peor, te engañarás a ti mismo y no serás capaz de reconocer tus errores ni disfrutar de las virtudes de los demás. Creerte especial es como disfrazar al ego con un traje de Superman tan grande que te impide ver lo que tienes delante.

Es más, no ser especial es lo mejor que te puede pasar en la vida. Te lo digo yo. Es un campo inimaginable de oportunidades. En la primera temporada de Mad Men, Don Draper descubre precisamente eso cuando está pensando en cómo vender una marca de tabaco. Analizando a su competencia, se da cuenta de que, en realidad, todos vendían el mismo producto, ninguno era más especial que los otros: se cultivaban igual, se fabricaban igual, se consumían igual y se vendían igual. La gran ventaja es que podía destacar de todo ese proceso la característica que más le gustase, y hacerla suya a pesar de que el resto también la tuviese. “It´s toasted” fue el lema de Lucky Strike. A pesar de que todas las marcas tenían en sus fábricas máquinas de tostado, sólo Lucky presumió de ello.

Si todo esto lo único que te está dando es ganas de fumar, deja de leer y ponte un parche de nicotina. Fumar no sólo mata sino que es adictivo, a pesar de que creas que por ser año nuevo dejar de fumar va a ser más fácil. Pero quizás no tienes puesto el disfraz de Superman y has entendido a Don Draper. Quizás vas a coger aquello que, como tú, mucha gente sabe hacer y vas a darle valor hasta convertirlo en una de tus señas de identidad. Como cuando piensas en tu abuela y su deliciosa tortilla de patatas. O la maratón que corriste el año pasado. O en grupo de teatro aficionado. Y quizás encuentres que hay gente que lo hace mejor y te dediques a aprender de ellos para mejorar, y eso te llevará luego a compartir tu experiencia con otros. Y quizás, de esta manera, encuentres un lugar en el mundo en el que eres valorado , querido y admirado precisamente por no ser nada especial. No te esfuerces por hacerlo diferente, esfuérzate por hacerlo bien.

Enhorabuena, acabas de descubrir que eres un tío corriente, una persona normal, un pringado. Así que ya no tienes excusas para convertirte en el pringado más feliz de la historia.

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Ser dinosaurio no fue un error

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Estaba yo con el típico síndrome de la pantalla en blanco cuando me he topado, cual mandamiento divino, con la siguiente frase en una de esas imágenes instagrameadas con quotes supuestamente aleccionadoras que cada día pueblan las redes sociales:

O te distingues, o te extingues.

Y me ha dado por pensar si realmente esa frase expresa una realidad o simplemente ‘distingues’ rima de puta madre con ‘extingues’ y ya está.

Lo que es seguro es que hace 160 millones de años este mantra no valía para nada. Que se lo digan, si no, a los dinosaurios. Bichos excepcionales, de capacidades asombrosas y aspecto más trash que Alaska recién levantada, y que sin embargo no fueron capaces de sobrevivir a la caída de un meteorito gigante ni a la expansión de los mamiferos, más simplones pero mejor preparados a los cambios. Por tanto, en esta época quizás tendría más sentido un:

O te adaptas, o te extingues.

Pues sí, porque de estos mamíferos ya había una rama de la que saldrían los homínidos, familia que el género humano tiene el gusto de compartir con primates y gorilas. Pero en esta epopeya de la evolución, muchas especies homo se quedaron atrás, la última hace nada, hace unos 28.000 años, cuando se extinguió el último homo neanderthalensis después de 5000 años de coexistencia con el homo sapiens (sí, esos somos nosotros). ¿Las razones? Bueno, parece que no fue por su capacidad de adaptación, ya que estaban preparados para el frío extremo de las glaciaciones . Tampoco eran menos inteligentes, porque su cerebro era igual o más grande al de los seres modernos. Pero eran diez veces menos numerosos, y ya se sabe lo que es capaz el ser humano cuando el hambre aprieta o hay partido de fútbol. Así que, de nuevo, de nada les sirvió distinguirse y todavía menos adaptarse. Es más, ganó el homo más común. El mantra volvió a cambiar:

O eres de los nuestros, o te extingues.

Vale, y llegamos a la época de las civilizaciones, la de los últimos 4000 años, cuando ya se nos ha caído el pelo de los hombros y dejamos de confundir al orangután con nuestra suegra. Una época caracterizada básicamente en la obsesión por dividir todo lo que veíamos. Primero empezamos con los dioses, claro, cada uno el suyo. Luego salimos de las cuevas y empezamos a poner vallas para dividir la tierra: que si este terreno para mí, que si este pueblo es mío, que si ahora formamos esta nación, que ahora nosotros somos un imperio… Claro, con tanta división, algunos se llevaban más que otros, y la solución fue dividirnos en clases, que más o menos son las que hay ahora: los pobres (la mayoría), los ricos (los que menos) y los pringaos (el resto).  Por resumir: al final todo provocaba disputas. Que si este trozo de tierra que he descubierto pertenece a mi corona, que si tu Dios es más chungo que el mío, que si tú me debes vasallaje… ¿cómo se arreglaban esas diferencias de opinión? Pues a tortas. Para partir la pana había que partir cabezas, y de ahí que la Historia sea una procesión de guerras hasta bien entrado el siglo XX en las que tener las mejores armas prevalecía a tener más colegas. Y si alguien se atrevía a distinguirse poniendo en duda alguna cuestión, tipo la Tierra no es el centro del Universo o la exclavitud es una mierda, pues matarile y a otra cosa.  Aquí el mantra era:

O le atizas, o te extingues.

Y llegamos a la actualidad. Una época más tolerante, en la que, si bien Galileo no sería nunca condenado a muerte por sus teorías heliocentristas, seguramente tendría menos followers en twitter que Lady Gaga. Es decir, ¿realmente valoramos a la gente que hace o dice cosas excepcionales? ¿Vivimos en un sistema que distingue y premia la calidad? En 2007 uno de los mejores violinistas del mundo, Joshua Bell, se plantó en el metro de Nueva York con un Stradivarius “Gibson ex Huberman” y tocó durante 43 minutos. Muy pocos se acercaron  y nadie le reconoció.

En unos tiempos en los que la lengua de Cyrus capta más atención que el trabajo de un astronauta en la Estación Espacial Internacional, realmente dudo que distinguirse, entendiendo el termino como sobresalir por tu esfuerzo en algo, sea sinónimo de reconocimiento. Más bien creo que todo lo que valía antes sigue estando vigente a través del oportunismo, el amiguismo y la falta de ética. Coger estos atajos te pueden convertir en un líder político, en cantante de éxito, en director creativo o en lo que aspires. Pero no por ello lo serás de verdad. El respeto es algo que se gana con trabajo y tiempo, y al final tiene su recompensa, aunque sólo sea por haber sido siempre una buena persona. Es otra clase de triunfo, lo sé, pero vale la pena.

No sé quién se acordará de Lady Gaga dentro de 160 millones de años, pero Galileo siempre será recordado como el padre de la astronomía. Y, seamos sinceros, ¿a quién no le gusta Jurassic Park?

Porque a veces extinguirse no es lo peor que te puede pasar.

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Caminando sobre la cola del tigre

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Una de las cosas que más me gusta de las culturas orientales es esa dulzura que usan para expresar sentimientos o preocupaciones de lo más normales. Por ejemplo, cuando aquí decimos eso de “Zamora no se ganó en una hora”, en China dicen “Antes que ser un dragón, hay que sufrir como una hormiga”. No me digáis que no queda mejor. Un chino nunca diría “Más vale maña que fuerza”, diría “La montaña es pesada, pero una mariposa levanta a un gato en el aire”. Pura poesía, oiga. Es que no es lo mismo tener dudas sobre algo y que te digan “El corazón jamás habla, pero hay que escucharlo para entender”, a que te digan “Ante la duda, la más tetuda”. Joder, acabáramos.

Hay una expresión que particularmente me encanta y que expresa esa sensación de peligro que sientes cuando entras en un mundo desconocido por vez primera: caminando sobre la cola del tigre. Y creo que define muy bien lo que muchos empresarios o departamentos de marketing experimentaron cuando, de repente, tuvieron que afrontar la presencia de su marca en redes sociales.

A otro perro con ese hueso, me diréis. Sí, ya sé, hay muchísimas guías y gurús dispuestos a enseñar los beneficios de un Social Media Plan, o cómo interactuar con tu comunidad, es decir, información relevante para el que va a hacer la comunicación, pero existe realmente poca información que ayude a una pyme o a un director de marketing de la vieja escuela a establecer qué tiene que valorar cuando contrata los servicios de una agencia o un freelance. Es decir, qué nos permite caminar sobre la cola del tigre sin despertarlo.

“No basta ir a pescar peces con buena intención. También se necesita llevar red”. Y para elaborar esa Red, no escatimes en medios, no ahorres en lo verdaderamente importante: el profesional que va a estar delante del ordenador construyendo la reputación de tu marca y deberá traducir, aprovechar y transmitirte el aprendizaje que reciba de los usuarios. Hay algunos que te prometen 10.000 fans seas la marca que seas y vendas el producto que vendas, y después estamos los que ofrecemos unas posibilidades realistas a través de un conocimiento demostrado del medio. Es fácil dejarse engatusar por los números y olvidar que más importante que la cantidad de fans es la calidad de los fans. Personas reales, con nombres y apellidos que les gusta tu marca, se sienten atraídos por tu contenido y no sólo ven en tu canal un concurso, un premio o un beneficio. Personas dispuestas a escucharte, dispuestas a comentarte, y dispuestas a compartirte. ¿De qué sirve un canal con muchos fans y ninguna interacción?

“El dragón inmóvil en las aguas profundas se convierte en presa de los cangrejos”. Igualmente, dejar la voz de tu marca a una persona que no puede vivir de ello, y que por consiguiente aceptas implícitamente que trabaje con 20 marcas más a precios de risa, es dinero tirado a la basura. Los verdaderos profesionales del Social Media son los que te darán un fee aceptable y digno según las horas que tú quieras que le dediquen a tu marca. Horas dedicadas exclusivamente a compartir y crear contenido relevante y a establecer un conocimiento valioso de tu comunidad. Y ese tiempo no debería bajar, apurando mucho, de las dos horas al día, es decir, dedicar un 25% de una jornada al online, si no quieres que tu marca acabe engullida por los cangrejos.

“El que ha desplazado la montaña es el que comenzó por quitar las pequeñas piedras”. O dicho en cristiano, “no por mucho madrugar, amanece más temprano”. Todo lleva su tiempo, y en el mundo online más, ya que la competencia es mayor. Generar lazos de confianza en tu primer grupo de fans, aunque sea muy pequeño, es la mejor estrategia para luego crecer con ellos en cantidad y calidad. Los primeros pasos son fundamentales, marcará el posicionamiento de tu marca durante mucho tiempo. Por eso, intentar acortar el camino destinando el dinero a comprar fans en vez de al tiempo de tu profesional o la calidad de tus contenidos, es “pan para hoy y hambre para mañana”.

Así que ya sabéis, os lo digan en español o en chino, si vas a pasearte sobre la cola del tigre, más vale que tengas un buen plan, le alimentes bien y no le engañes, no vayas a convertirte tú en la cena.

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El infierno somos todos

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Decía Nicholas Carr en su blog, coincidiendo con el usuario mil millones de Facebook hace un año, que si el cielo se caracterizaba por la ausencia de eventos y la no existencia de noticias, como cantaba David Byrne, el infierno debía ser exactamente lo contrario, el lugar donde siempre está pasando algo. Y concluía que, por consiguiente, “la gran empresa de nuestro tiempo era la construcción del infierno en la Tierra”.

Estamos rodeados de ruido que nos llega a través de pantallas: el ordenador, la tablet, las redes sociales, el móvil, la televisión… ¿Cuándo fue la última vez que estuviste leyendo un libro durante una hora o dos sin ser interrumpido, por ejemplo, por un whatsapp? Y no sólo nos llegan sino que nos hemos acostumbrado a recoger toda esa información diaria y asimilarla, de tal forma que nos han hecho dependientes de la información instantánea. Una dependencia que algunos llama FOMO (fear of missing out), o miedo a perderse algo. Tenemos tantas opciones y estamos tan conectados que nuestras expectativas aumentan al mismo ritmo que nuestra frustración por no llegar a hacer todo lo que vemos que hace nuestro círculo de amigos.

En definitiva, menos capacidad de concentración, más sentimiento de culpa y una idealización de la vida de los demás sin ningún fundamento. Sí, podría ser un infierno bastante bueno. Reconozco que a mí me ha pasado. Antes solía leer todas las noches y devoraba libros con más facilidad. Ahora en cuanto se cruza una conversación por whatsapp o miro el correo se me pasa el tiempo irremediablemente. Si estoy en casa o en el trabajo y abro facebook, me encuentro con una cantidad de fotos geniales subidas por amigos a los que nunca se les ve pasándolo mal y tienen planes en sitios estupendos. Y me siento estúpido, claro. Sin hablar de esa sensación de tener que compartirlo todo, que a veces te impide disfrutar del momento.

Pero, como en todo, hay que saber contextualizar. Los avances tecnológicos suelen implicar cambios en nuestra forma de pensar. Antes de inventarse el reloj, la percepción del tiempo era muy diferente, por ejemplo. Supongo que cuando aparecieron los relojes de mano, muchos tendrían la impresión de estar perdiendo el tiempo al ver cómo pasaban las manijas inexorablemente. Mirarían constantemente a su muñeca y se estresarían. Pero creo que hoy nadie duda en lo útil que es medir el tiempo y tampoco nos resulta difícil vivir sin reloj. O al menos no nos crea ansiedad.

Manfred Spitzer dice en Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011) que “algunos estudios demuestran que el cerebro crece justo allí donde se utiliza. Y el enunciado al revés es también válido”. Es decir, Internet nos está potenciando ciertas habilidades que antes no trabajábamos, como la multitarea, por ejemplo. También consigue que seamos la generación más informada y que más lee de la historia. Vale, otra cosa es la calidad de lo leído. Como diría Juan Torres “leer es un verbo transitivo: contra lo que muchos se empeñan en hacernos creer, la lectura en sí misma no proporciona sabiduría. Si así fuera, el millón largo de lectores diarios del Marca serían candidatos al Nobel”. Pero ahí queda.

De igual forma hemos dejado de entrenar otros aspectos, como la capacidad de atención, la contemplación… Precisamente por eso técnicas como el reiki o el yoga están tan demandadas hoy en día. Falta un consenso de cuándo deberían los niños empezar a usar esta tecnología, cómo optimizarla para ser más productivos o cómo separar el ruido de lo realmente interesante. Pero el salto adelante que hemos conseguido en materias de conocimiento, trasparencia y proyección de nuestras aptitudes es innegable. Además, tenemos más consciencia de lo que es nuestra vida, aunque sólo sea por el tiempo que dedicamos a maquillarla en Internet para que parezca mucho mejor. Yo creo que, algún día, las redes sociales servirán también comunicar lo realmente crucial, aunque sea malo, sabremos encontrar un equilibrio en las comunicaciones, y crearemos formas de entrenar la concentración y la atención.

No olvidéis que el infierno está lleno de buenas intenciones y el cielo de buenas obras.

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Patrocina, que algo queda

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La publicidad es como la Bolsa, excepto que el valor no lo da el dinero. Lo da la marca. Un valor intangible pero poderoso que fluctúa como si se tratara de acciones gracias al empuje de los brokers publicitarios, de la competencia o del propio mercado. Las marcas a su vez agrupan a otras marcas para reforzar su valor, como Facebook con Spotify, o simplemente crean sinergias temporales, como Line con Rafa Nadal. Pero en general, son operaciones muy meditadas porque nunca sabes quién aporta más y en qué sentido. Por eso, cada marca sigue manteniendo su independencia: no es lo mismo Mahou que San Miguel o que Alhambra, aunque permanezcan al mismo grupo. Al final, el valor de marca es el resultado de una compleja operación entre el diferencial de tu producto, los valores que sugiera, los territorios en los que lo muevas y el engagement que recibas.

Uno de los recursos más comunes para dar un salto cualitativo a corto plazo con el valor de marca es el patrocinio. Es decir, vincularte a algo que crees que está en línea con tu filosofía y valores de marca, y que por supuesto tiene en cuenta a tu consumidor objetivo. Por ejemplo, Nike patrocina la San Silvestre de Vallecas, sabiendo que su marca va a monopolizar el sentimiento de los 40.000 runners que corren cada año. Pero cada vez más, y en favor del dinero, se está dando que los patrocinios directamente fagocitan a otras marcas como si fuesen vampiros chupando sangre en búsqueda de su energía vital. La ACB pasó a ser Liga Endesa. La Liga de fútbol de toda la vida ahora es Liga BBVA. La parada de metro de Sol fue durante un tiempo Sol Galaxy Note. El Teatro Calderón de Madrid pasó a ser teatro Teatro Häagen Dazs y ahora es CASER Carderón. Y Florentino Pérez dice que el nuevo Santiago Bernabeu tendrá el nombre de un patrocinador al estilo del Allianz Arena del Bayern de Munich.

Esta estrategia me parece muy arriesgada, ya que convierte a la marcas absorbida en una commodity, en un producto de escaso valor añadido, con poco peso de marca, es decir lo contrario de lo que eran. Está claro que no es lo mismo ir al Bernabeu que al Apple Stadium, sobre todo porque quizás en el futuro se convierta en el Microsoft Stadium, o el Nintendo Stadium, y nadie acabe valorando la marca Real Madrid.

Ahora, que puestos a patrocinar, sugiero apostar más alto. Con la necesidad de dinero que tienen los científicos, ¿por qué no patrocinar la tabla periódica? Imaginen a su hijo aprendiendo  que el elemento 9 es Flúor Colgate y el 78 es Plata Viceroy. También se podían patrocinar Gobiernos. Al de Rajoy le vendría bien ser brandarizado por AXE, que incluso podría tener cartera propia. ¿Y qué me dicen de la Historia? ¿Tan complicado sería cambiar el apodo de los Reyes Católicos por los Reyes del pan Bimbo? Ya saben, tanto moja que moja tanto. Por no hablar de la geografía. Seguro que nos llevábamos un buen dinerito si el Estrecho de Gibraltar se llamase el Estrecho de Durex. ¿Y por qué no las personas? Estoy seguro que a cambio de un sueldo para toda la vida, más de uno bautizaba a su hijo Pepsi.

Por supuesto, todo esto es una broma, pero al paso que vamos no me extrañaría que se convirtiese en una realidad dentro de poco si seguimos permitiendo que el valor de las marcas sucumba ante el valor del dinero.

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Think Halloween

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Siempre que llega Halloween me asombro de la capacidad anglosajona de hacer de una de sus tradiciones un negocio a gran escala. Da igual que sea una fiesta de origen celta, cristianizada en el siglo VIII por el Día de todos los Santos y extendida por Estados Unidos con los primeros inmigrantes irlandeses, que ellos conseguirán que lo celebren niños y adultos desde España hasta Japón, pasando por Afganistán y Siberia.

Y he llegado a la conclusión de que esto pasa porque los anglosajones, para los negocios, siempre han tenido una convicción que  han llevado a todos los lugares del planeta: todo se puede copiar. Cada tradición, cada estilo, cada comida, cada moda, cada deporte, cada suceso histórico… todo lo local puede adaptarse y copiarse infinitas veces y en cualquier lugar del mundo para dar dinero. De ahí que sea más chic, y no más guay, ir a comprar a PortoBello que al Rastro. Que estudiemos un MBA en un Starbucks en vez una maestría en una cafetería. Que nos volvamos expertos en cupcakes y olvidemos a la magdalena de toda la vida. Que tomemos más BigMacs al año que tortilla de patatas. Joder, si hasta de lo malo consiguen hacer negocio: la mafia, el exterminio de los indios, Justin Beaber… Estoy seguro que hay más gente que conoce a los hermanos Dalton que al Empecinado, a Lincoln que a Canovas del Castillo.

Y esto pasa aquí y en todas partes del mundo. En China se vuelven locos con el baloncesto de la NBA. El beísbol es el deporte nacional japonés. El mundo se para cuando se va a elegir un presidente de los Estados Unidos o si nace el heredero de la corona británica. Eso es porque son las principales potencias mundiales, diréis. Bueno, sí y no, porque China es el país de mayor crecimiento mundial y no hay huevos a decir quién es su presidente. Japón es la tercera economía a nivel mundial y su emperador no sale en el Hola! todas las semanas. La capacidad para copiar y pegar su cultura en los lugares más insospechados es realmente asombrosa. Por eso Internet es la obra de arte, el súmmun del pensamiento anglosajón. Como dice Kevin Kelly, fundador de Wired, en su célebre Better than Free: “Internet es una máquina de copiar. En su nivel más básico, copia cada acción, cada carácter, cada pensamiento qué hacemos mientras navegamos. Para mandar un mensaje de una esquina de Internet a la otra, los protocolos de comunicación exigen que todo mensaje sea copiado durante el camino varias veces. (…) Cada bit de datos que se produce en cualquier ordenador es copiado en algún sitio. La economía digital fluye sobre un río de copias”.

Efectivamente, el mundo flota en un río de copias muy bien hechas, hay que reconocerlo. Copias que no necesariamente se ajustan a la realidad, pero qué le vamos a hacer. Es business. (Al respecto, tengo que recomendar un artículo de Perez Reverte sobre la batalla de Navas de Tolosa y la incapacidad española de aprovechar nuestro legado). Y en este negocio hay que preguntarse, ¿por qué compramos la copia? ¿Por qué nuestros Reyes Magos de toda la vida pierden terreno frente a Santa Claus? De nuevo volvamos a Internet para vez cómo el argumentario del e-commerce responde perfectamente a esta pregunta:

Oportunidad: no es vender cualquier cosa, es venderlo en el sitio y momento adecuado. Al igual que cuando compramos medios para que nuestros banners sean vistos por nuestros consumidores o establecemos palabras clave en los ads para llegar a nuestros nichos de mercado, los anglosajones saben vender miedo cuando hay miedo (extraterrestres en los comienzos de la guerra fría, por ejemplo) o amor cuando nos falta amor (ya hablaremos de esto cuando llegue San Valentín).

Contenido: desde siempre, han apoyado sus argumentos de venta con contenido: películas, teatro, música, televisión… Halloween empezó a celebrarse en el mundo entero en los 70 gracias a la película de John Carpenter. Somos expertos en zombies por The Walking Dead. Del mismo modo, cualquier campaña exitosa en Internet debe proveerse de contenido que sirva para establecer los valores de nuestro producto mientras el usuario se entretiene.

Interpretación: o, dicho de otro modo, que cada uno le ponga los monstruos que quiera a Halloween. En México, por ejemplo, se superpone con el Día de los Muertos (2 de noviembre) y en vez de calabazas ponen calaveras. En Hong Kong se celebra el festival de los fantasmas hambrientos y se quema fruta. En Rumania el héroe es su monstruo local, Drácula, que ha pasado de morder cuellos a pedir caramelos por las casas. Hasta la Iglesia, enemiga de esta fiesta pagana, ha creado el Holywins (“su Santidad vence”) para que la Familia Monster también vaya a misa. El caso es que lo reconozcamos como propio. Del mismo modo, nuestra navegación por Internet es cada vez más personalizada gracias a las cookies y los algoritmos, y debemos aprovechar la información que proporciona un usuario al navegar y registrarse para dar un mejor servicio.

Early adopter: en España, Halloween empezó a celebrarse como una fiesta infantil organizada en los colegios y ahora hasta los adultos salen disfrazados a fiestas en discotecas o eventos culturales. Claro, esos niños fueron los primeros innovadores y cuando crecieron siguieron celebrando la fiesta de forma natural. Se convirtieron en prescriptores. Lo mismo pasó en Internet. Si hubiera sido por la generación que lo inventó, nunca hubiese salido de un experimento universitario. Pero gracias a generaciones más jóvenes, con menos prejuicios y más adaptadas, su uso se extendió y asimiló mundialmente en poco más de 30 años. Ahora llegamos a hablar incluso de nativos digitales. Encontrar a esos early adopter es fundamental para que tu web o tu producto se comparta, se venda y se convierta en un hábito.

Y ahora, les dejo que disfruten de Halloween… si pueden…

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